Al hacer el balance económico del primer año de gobierno de Juan Manuel Santos, cualquiera diría que el saldo es muy favorable porque la economía está creciendo bien, el desempleo está cayendo y la inflación está bajo control. Sin embargo, ese no es un mérito exclusivo del país.
Varios vecinos viven situaciones similares, por los buenos precios internacionales de las materias primas y los flujos de capital a la región.
La evaluación de lo que ha hecho este Gobierno debe trascender el presente y analizar si se está sacando provecho del auge regional.
Para hacerlo, Colombia debería tener tres objetivos prioritarios.
El primero es hacer las reformas estructurales pendientes. El segundo consiste en sembrar la bonanza, invirtiendo bien los recursos y garantizando que beneficien a todos los colombianos.
Y el tercero debe ser generar las condiciones para que el país saque cada vez más provecho de las buenas perspectivas de América Latina.
El actual Gobierno arroja un balance satisfactorio en varios frentes, aunque en algunos todavía debe mostrar resultados y en otros está anclado en el pasado. La denominada ‘moñona legislativa’ constituye un ejemplo del buen uso del capital político para sacar adelante reformas necesarias.
Los actos legislativos de regalías y Sostenibilidad Fiscal, así como la ley de la Regla Fiscal, contribuirán a aprovechar el auge minero-energético en un entorno macroeconómico razonablemente sano.
Otros resultados aún están por verse. Para que el desempleo y la pobreza caigan sustancialmente es necesario avanzar en iniciativas más audaces que las que ha impulsado el Gobierno hasta el momento. Otra área que está pidiendo a gritos resultados es la de la infraestructura. Si bien las autoridades se encontraron con el imponderable del invierno, el reloj sigue corriendo sin que se vean todavía las transformaciones que requiere el sector.
También hay grandes retos en las reformas de la salud y las pensiones, así como en el campo de la anunciada reforma tributaria, donde la promesa electoral de no subir impuestos parece estar desviando al Gobierno de los derroteros que exige la economía.
El peor balance se da en la creación de condiciones para aprovechar la famosa ‘década de América Latina’.
Mientras varios vecinos capitalizan el dinamismo mundial para convertir las exportaciones en motor del crecimiento, es inaudito que Colombia no aparezca entre los diez países más exportadores de la región y que sea uno de los más proteccionistas.
El caso más preocupante es el del sector agrícola, que ha tenido un pésimo desempeño en los últimos años mientras mantiene un modelo anacrónico de protección y privilegios que se chupa los recursos públicos con la ligereza que han documentado las páginas judiciales recientemente. Es lamentable que no haya señales de cambio en ese frente, porque si el país no se abre a los mercados mundiales terminaremos siendo simples observadores de la década del resto de América Latina.