¿Cómo recibir el anuncio de un proceso de paz con las Farc? Con optimismo moderado.
Y es que hay tantas razones para pensar que ahora sí, como para creer que esta vez tampoco. Uno puede creer que, en esta ocasión, la guerrilla tiene mayor voluntad de paz que en el pasado, porque su pie de fuerza es la mitad del que tenía hace diez años, varios de sus comandantes han sido dados de baja y el balance de fuerzas se ha volteado radicalmente a favor del Estado.
Pero, también, hay espacio para la prudencia, porque el Gobierno arranca el proceso con la mayor debilidad política de lo corrido del cuatrienio, y, porque la guerrilla ha tenido la capacidad de incrementar su andanada terrorista.
Además, el presidente Santos abandonó los requisitos que había calificado como ‘inamovibles’ para iniciar un proceso de paz, como que la guerrilla dejara de reclutar menores, no sembrara más minas antipersonas y liberara a todos los secuestrados. El que esos inamovibles se hayan movido es preocupante.
En medio de todo, en esta oportunidad hay un elemento muy importante que constituye una gran noticia para la economía y un triunfo para el Gobierno: la agenda acordada no pone en tela de juicio el modelo de desarrollo del país.
En experiencias pasadas, las negociaciones podían versar sobre lo divino y humano, lo que ponía a temblar las reglas del juego y la confianza de los agentes económicos.
¿Se imaginan la incertidumbre que existiría hoy si se hubiera anunciado un temario ilimitado en materia económica?
Afortunadamente, la agenda acordada no abarca las bases de la economía.
Y no digo que eso sea afortunado porque crea que el modelo actual es perfecto y que no es susceptible de mejorar, sino porque esos ajustes deben hacerse como resultado de procesos democráticos, en los cuales los votantes sean los que eligen el camino a seguir.
En un debate electoral, el país puede discutir abiertamente los costos de seguir caminos económicos tortuosos, como los de Venezuela y Argentina, o la conveniencia de mejorar los que tenemos.
Eso no significa que sea despreciable el único tema de gran significado económico que quedó en la agenda: la política de desarrollo rural.
Pero en este caso estamos hablando de discutir un modelo que desde hace tiempo está mandado a recoger.
Es inaudito que, mientras la demanda mundial por productos del agro se ha dinamizado notablemente en lo corrido del siglo, beneficiando a varios países latinoamericanos, Colombia no siembre tres cuartas partes de su tierra cultivable y el sector agropecuario sea uno de los de peor desempeño en toda la economía.
Si alguna política sectorial hay que cambiar en el país, es la del agro. Empero, si los negociadores no alcanzan el complejo objetivo de lograr un equilibrio entre el fortalecimiento de la economía campesina y el aprovechamiento del dinamismo del mercado internacional, todos habremos perdido una oportunidad histórica.
Mauricio Reina
Investigador Asociado de Fedesarrollo