Ya me cansé de estar bajo sospecha. No hay un solo día en que alguien no me trate como si estuviera a punto de cometer un delito.
Aclaro que soy una persona con costumbres tan corrientes que rayan en lo aburrido, pero siempre hay alguien que me trata como si fuera un facineroso.
Empecemos por lo básico: la búsqueda del alimento.
Cada vez que voy a comprar algo y levanto la vista de los anaqueles, al final del pasillo hay un empleado del supermercado vigilando cada paso que doy. Hasta hace poco esos personajes hacían su labor con cierta discreción, pero últimamente han pasado de ser reactivos a ser proactivos, y en algunos lugares han optado por la táctica intimidatoria (hay que ver la actitud de los de las Supertiendas Olímpica…).
Si uno se arma de paciencia y no mira al vigilante, puede acabar de comprar lo que necesita y llegar hasta la caja, pero si allí se le ocurre pagar con un billete de $50.000, vuelve y juega: la cajera inspecciona detalladamente el billete, le unta un líquido misterioso, lo pone bajo una luz ultravioleta, le pasa la uña a lo largo y decide llamar al inspector de turno, que suele ser el mismo que vigila los pasillos.
Después de tanto escarnio, al fin reciben el billete y uno se dirige hacia la salida, pero al pasar por la puerta empiezan a sonar los pitos de seguridad.
Pero eso no es nada. Algo tan simple como entrar a un edificio se ha vuelto una odisea. Hay que dejar en una cajita las monedas y las llaves, pasar por el escáner, entregar un documento con foto distinto de la cédula, registrar la huella digital, abrir el morral, escribir el número de serie del computador en una planilla donde no cabe…
Y cuando al fin uno va a pasar el último control para conquistar el ascensor, el aparato no identifica la huella, suena la alarma y aparece un vigilante, al que seguramente despidieron de un supermercado por su don de gentes.
Podríamos analizar lo que sucede en los bancos, los aeropuertos y los clubes privados, pero vamos de una vez al maravilloso mundo laboral.
Como si no fuera suficiente con los trámites de los impuestos, los parafiscales y el insoportable diligenciamiento de los registros de proveedores, resulta que una persona como yo debe tener una insólita Matrícula de Economista para ejercer la profesión.
Cualquiera diría que bastaría con tener los títulos universitarios, pero siempre hay lugar para la sospecha: ¿qué tal que sean falsificados?
A mí no me molestarían todas estas medidas si sirvieran para algo, pero se asoma uno por la ventana y confirma que el país sigue en manos de delincuentes, corruptos e informales que nunca en su vida se han sometido ni se someterán a nada parecido.
Mientras tanto, usted y yo seguiremos llorando ante los jirones de nuestra dignidad despedazada bajo el estigma de ser los sospechosos de siempre.