En el momento de escribir esta columna, está por conocerse el resultado de la reunión entre los presidentes Santos y Obama. Parece ser un hecho que habrá avances significativos en el camino hacia la ratificación del TLC entre los dos países.
En el peor de los casos, Colombia quedará con un mapa de ruta de lo que debe hacer para facilitar la presentación del tratado al Congreso estadounidense por parte de la Casa Blanca. En el mejor de los casos, se definirá una fecha para que eso suceda.
De cualquier forma, el TLC se ha movido más en 8 meses de gobierno de Santos, que en los últimos años de la administración Uribe. Este dinamismo tiene mucho que ver con el fortalecimiento republicano tras las elecciones parlamentarias de noviembre pasado y con la gestión del sector privado estadounidense, pero está claro que la mala relación entre la bancada demócrata y el ex presidente Uribe terminó convirtiéndose en un obstáculo para al acuerdo.
El renovado impulso al TLC con Estados Unidos constituye un triunfo para la administración Santos por dos motivos. Por un lado, se trata del principal socio comercial de Colombia y la economía más grande del mundo.
Por otro, el acuerdo representaría un golpe de gracia al proteccionismo que ha imperado en el país, que ha significado jugosas rentas para pocos sectores y una oportunidad perdida para el desarrollo económico colombiano. En ese sentido, el TLC con EE. UU. se sumaría a otras iniciativas que están en curso: la evaluación por parte del legislativo canadiense del acuerdo con nuestro país, la próxima firma del tratado con la UE, y la entrada en vigor del TLC con Suiza, mientras los demás países de Efta avanzan en su ratificación. Si estos procesos marchan sin tropiezos, en poco tiempo el panorama comercial de Colombia habrá cambiado de manera significativa.
Pero no conviene perder de vista dos hechos fundamentales.
El primero, que con estas negociaciones Colombia no está avanzando en la globalización del siglo XXI, sino que apenas está haciendo tareas pendientes del siglo pasado. Países como Chile y Perú nos han sacado una inmensa ventaja en su proceso de inserción internacional, lo que se refleja en el mayor dinamismo de sus economías.
El segundo hecho es que estas negociaciones son herencia de la administración Uribe, de modo que el Gobierno de Santos sólo está terminando lo que inició su antecesor.
La verdadera prueba de fuego de la política comercial del actual Gobierno será lo que suceda con la negociación del TLC con Corea del Sur, y con las que han de venir con Japón y otros países asiáticos. A juzgar por los vistosos avisos de prensa que supuestos sectores de clase mundial han publicado contra el acuerdo con Corea, las cosas con el sector privado no serán muy fáciles que digamos.
Ahí será donde se vea la casta del actual gobierno frente al reto de la globalización.