Las protestas contra el racismo visualizado por la muerte de un ciudadano afroamericano de mano de la policía en Minneapolis, han cobrado una enorme intensidad, no solo en EE. UU., sino a nivel mundial. Estas protestas se están dando con mayor fuerza y con varias agendas en el marco de la actual crisis sanitaria. Son llamados contra la exclusión y violencia racial, pero también contra la desigualdad, particularmente en países con sistemas débiles de seguridad social y de salud pública.
En los países desarrollados, un ejemplo de estas debilidades es los EE. UU. Antes de la actual pandemia, casi el 15% de la población de ese país recibía asistencia alimenticia y casi el 10% no tenía seguro de salud. Y como consecuencia de la crisis, más de 40 millones de americanos han solicitado apoyo de desempleo y las cifras de familias en pobreza han aumentado considerablemente. Así, las protestas son tanto contra el racismo como contra la desigualdad.
Las marchas violentas y pacíficas en EE. UU. y a nivel mundial, son reflejo también de las solicitudes por mayor inclusión e igualdad, y temor al futuro. Las solicitudes van de extremo a extremo. Por un lado, un populismo nacionalista que rechaza lo “foráneo”. Otros señalan la necesidad de creer más en gobiernos fuertes y omnipresentes. Y otros, simplemente señalan que se deben ejercer más controles y cortar las libertades y basan sus sugerencias en más control tecnológico e inteligencia artificial.
Si bien, la crisis y las protestas dejan muy claro que no se puede volver a “una vieja normalidad”, los extremos señalados preocupan sobremanera. En vez de las discusiones con propuestas específicas alrededor del rol del gobierno y de los mecanismos fiscales, redistributivos, y, sobretodo, de enfatizar las ventajas de las libertades individuales y colectivas que fueron base de la lucha contra la esclavitud y el racismo, se basan en propuestas de mayor vigilancia, más intromisión en la vida de los ciudadanos por el estado y/o la tecnología.
Lo preocupante es que posibles “soluciones” temporales en el marco de la crisis se vuelvan permanentes. Participación estatal en ciertos sectores o empresas, implicarán un estado propietario de empresas con las ineficiencias ya detectadas. Y controles de movilidad o interacción de lo individuos, podrían bien resultar en controles al estilo de las agencias de inteligencia de regímenes totalitarios. Eliminar estos mecanismos podría ser imposible. En vez de mayor igualdad e inclusión, menos racismo y violencia, lo contrario sería ser el resultado.
Evitar racismo en todas sus formas, pero sobretodo evitar conflictos violentos, requerirá sistemas de seguridad social fortalecidos, instituciones mejor preparadas para enfrentar crisis y poscrisis y mejor coordinación interinstitucional. Pero sobretodo, no se necesitarán gobiernos más grandes e intervencionistas, sino más eficientes con sistemas de control y gestión modernos.
Y sobretodo, mecanismos de apoyo fiscal a los más necesitados, y mayor igualdad de oportunidades para la gran mayoría, a través de sistemas de salud y educación con mayor cobertura y mejor calidad. Retos importantes, pero no imposibles de implementar y financiar bajo un sistema político democrático y participativo, y no con visiones nacionalistas y populistas.
Rafael Herz
Vicepresidente de la ACP.
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