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TLC: cambio extremo

"A Rice se le olvidaron los argumentos originales en defensa del acuerdo".

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El TLC con Estados Unidos ha tenido varias personalidades desde cuando apareció en escena hace cuatro años. Visto desde Washington, era al principio un arreglo bilateral muy modesto, sin glamour. Ahora, esta es una entidad importantísima, el símbolo del ejercicio del 'liderazgo global' de Estados Unidos, la prueba de que esa nación es capaz de desempeñar bien su papel de poder hegemónico, influyendo positivamente en la prosperidad de sus aliados y en el colapso de sus adversarios.
Este cambio extremo no es resultado de la victoria de la razón sobre la sinrazón, ni de las diligencias de la empresa de relaciones públicas Burson-Marsteller, ni de los esfuerzos de los gremios colombianos. Es la consecuencia de tres hechos: una pelea privada electoral entre republicanos y demócratas, la aparición de un eje del mal Chávez - Ortega - Correa - Morales, y la urgencia de dar señales concretas de amistad y apoyo a un jefe de Estado que ha sido aliado incondicional de Bush.
En Colombia, la idea del TLC nació de iniciativas norteamericanas. En el Plan de Desarrollo de la primera administración Uribe no había mención alguna del carácter estratégico de los acuerdos comerciales; después llegó el Área de Libre Comercio de las Américas, Alca, como posible reemplazo de los beneficios unilaterales del Atpdea. Se estrelló el Alca, y apareció el TLC con Estados Unidos.
Súbitamente se descubrió en Colombia que por fuera de éste no habría salvación. Durante las rondas de negociación, y en el limbo del último año, hubo más sobriedad y realismo. En los dos últimos años, las cuentas nacionales han registrado muy buenos números, y en consecuencia el TLC dejó de ser 'el plan de Desarrollo que necesita Colombia'.
En Washington ha ocurrido algo muy interesante: G.W. Bush y el Departamento de Estado decidieron que el TLC de Colombia era en realidad un asunto de seguridad nacional y un símbolo del compromiso de Estados Unidos con la democracia y la libertad.
Hay que recordar que hasta hace poco el Departamento de Estado andaba totalmente desentendido del acuerdo de comercio con este país; ahora, la propia Secretaria de Estado ha puesto el TLC en el centro mismo de la estrategia política de Estados Unidos.

Y lo ha hecho con hipérbole digna de algún tribuno febril; hace dos días, el Wall Street Journal publicó un artículo firmado por Condoleezza Rice, en el que le pide al Congreso que apruebe el acuerdo con Colombia. El artículo abre así:
"No es cosa de todos los días que nuestro Gobierno, de un solo golpe, pueda fortalecer la competitividad de los trabajadores de Estados Unidos; apoyar un aliado democrático a punto de alcanzar un perdurable éxito nacional; debilitar a quienes quieren sembrar inestabilidad y autocracia en nuestro hemisferio; y enviar una señal inequívoca al mundo entero de que Estados Unidos es un líder global confiado y capaz, que actúa no solo en su interés, sino en el interés de sus amigos".
Así pues, hay para todos. Estados Unidos exportará más, se estrecharán los lazos políticos con el Gobierno colombiano, se le dará un golpe al eje del mal que quiere instalarse en el hemisferio y el mundo verá que Estados Unidos produce oportuna y eficazmente sus mercancías imperiales. Es decir, la Alianza para el Progreso se le quedó chiquita a este TLC, convertido en una suerte de pacto político. A Rice se le olvidaron los argumentos originales en defensa del acuerdo: que el empleo y el crecimiento en Colombia iban a dar un salto, por cuenta de una ampliación del acceso al mercado gringo.
Es que hay elecciones allá arriba. 
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