La presión sigue en aumento y Nicolás Maduro trata de aferrarse al poder. Esa frase resume el desarrollo de los acontecimientos que tienen como epicentro a Venezuela, sin que todavía se vea la luz al final del túnel. Frente a la hipótesis optimista de que el problema más complejo del hemisferio podría resolverse en cuestión de días, aparece la posibilidad de un tire y afloje prolongado.
Lo anterior no desconoce que el régimen chavista se encuentra a la defensiva. Tras el mensaje de ayer, cuando 19 de los 28 integrantes de la Unión Europea reconocieron a Juan Guaidó como presidente interino, el aislamiento de Caracas es cada vez mayor. Aparte de Italia, cuyo gobierno está respaldado por un partido de izquierda que le garantiza la mayoría parlamentaria, las demás potencias del Viejo Continente hablaron con una sola voz.
Tampoco se quedó callado el Grupo de Lima, que lleva la voz cantante en el hemisferio. Aparte de insistir en una transición política que sea pacífica, la instancia regional le abre un mayor espacio a la oposición, dándole un asiento en sus deliberaciones.
No menos importante es el envío de ayuda humanitaria al otro lado de la línea fronteriza, el cual debería comenzar a materializarse a partir de hoy. Si bien Maduro ha dicho que no piensa aceptarla, la pregunta es si las fuerzas armadas venezolanas acatarán la orden o si dejarán pasar el cargamento de medicinas esenciales que saldrá desde la propia Cúcuta. Acto seguido, comenzará el despacho de alimentos, con el fin de paliar el hambre que golpea a millones de personas.
Por otro lado, está por verse el efecto de las sanciones económicas adoptadas por la administración de Donald Trump la semana pasada. Aunque la intención es quitarle aire al chavismo, el riesgo es que ahonde el tamaño de la crisis y se vuelva una excusa para jugar la carta del nacionalismo. Debido a ello, la presión diplomática debe continuar, junto con las protestas populares. Tal como dice el refrán “tanto va el cántaro al agua, que al fin se rompe.”