Hasta última hora, la esperanza era que primara la sensatez. Incluso el secretario de Estado, Rex Tillerson, y la propia Ivanka Trump trataron de convencer al presidente de Estados Unidos de que salirse del Acuerdo de París sobre el calentamiento global era una muy mala idea.
Sin embargo, los argumentos fracasaron y ayer, en los jardines de la Casa Blanca, Donald Trump anunció la determinación de la administración a su cargo. Las reacciones internas y externas no se hicieron esperar, pues un acuerdo que tardó años en construirse pierde de un día a otro al país responsable de una quinta parte de los gases de efecto invernadero que llegan a la atmósfera.
No menos inquietante, fuera de apartarse de la voluntad internacional, son las razones esgrimidas. El magnate republicano señaló que el tratado en cuestión les daba una ventaja a otras naciones, a costa del desarrollo estadounidense. Esa insistencia en que los demás se han aprovechado del Tío Sam, es la misma que se oye a la hora de tomar medidas proteccionistas y posiblemente volverá a oírse en el futuro.
Además, no son ciertas las cifras presentadas con respecto a eventuales pérdidas de empleo o costos. De haber hecho la tarea, Trump había encontrado que simplemente, debido al cambio tecnológico, el recorte en las emisiones estadounidenses va en la mitad del compromiso suscrito en la capital gala. Incluso la promesa de revivir las minas de carbón fallará, pues la competencia del gas natural es más intensa que nunca.
Debido a ello, el daño autoinflingido supera con creces cualquier supuesto beneficio de romper la palabra empeñada en el pasado. La comunidad global ha vuelto a quedar notificada de que en Washington las cosas son a otro precio. Y sabe que el costo viene en aumento.