El pronunciamiento tenía apenas tres líneas. De manera lacónica, este martes el directorio ejecutivo del Fondo Monetario Internacional tomó nota de la nominación de Christine Lagarde a la presidencia del Banco Central Europeo, aceptó darle una licencia temporal y expresó su confianza en el número dos de la entidad multilateral con sede en Washington.
Si la lógica se impone, lo más probable es que la exministra francesa no regrese al cargo que ocupa desde hace exactamente ocho años. El motivo es que los países que integran el bloque comunitario en el Viejo Continente le dieron su respaldo de manera prácticamente unánime, a pesar de que no es una experta en asuntos de política monetaria.
Sin embargo, hay un obstáculo pendiente de ser superado. Tal como operan las cosas en la Unión Europea, Francia y Alemania son las naciones que imponen su peso específico. Debido a ello, y aparte de Lagarde, el arreglo incluye a la alemana Ursula von der Leyen actual ministra de defensa en el gobierno de Angela Merkel- como nueva presidente de la Comisión Europea. El nombre de esta última despierta resistencias, tanto en el parlamento europeo como en el de su país.
Por lo tanto, lo que viene en los próximos días es convencer a los escépticos. A fin de cuentas, el juego de ajedrez planteado incluye a todas las piezas y si alguna cae, habría que barajar de nuevo.
Mientras llega la hora del desenlace, hablarán los críticos que se rasgarán las vestiduras por cuenta de que una abogada -y no una economista- llegue a una institución cuyos desafíos son manejar una inflación históricamente baja e impulsar el crecimiento. En respuesta, los defensores de Lagarde recuerdan no solo sus ocho años en el FMI, sino sus cuatro como Ministra de Hacienda en Francia.
Tal parece que esa habilidad a la hora de construir consensos y comunicar decisiones, pesaron más en la nominación. Quienes aspiren a llegar al Fondo Monetario, deberían ir puliendo sus hojas de vida.
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