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El manejo del éxodo

Ha pasado poco más de una semana, desde cuando los presidentes Juan Manuel Santos y Nicolás Maduro se pusieron de acuerdo para reabrir la frontera.

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Ha pasado poco más de una semana, desde cuando los presidentes Juan Manuel Santos y Nicolás Maduro se pusieron de acuerdo para reabrir seis puntos fronterizos entre Colombia y Venezuela y permitir el paso de sus respectivos ciudadanos de un lado a otro. Desde entonces, las actividades de este lado de la línea limítrofe han tomado un vigor inusitado, en comparación con lo que sucedió durante el año en que el tránsito de personas estuvo cerrado.
De acuerdo con las autoridades nacionales, en los primeros siete días de normalización, 326.000 venezolanos llegaron a territorio colombiano, sobre todo en el área de Cúcuta. De ese total, cuatro quintas partes vinieron a comprar productos, dada la conocida situación de escasez que sufren los habitantes del país bolivariano. En menor proporción, otros arribaron a visitar familiares, atender una consulta médica, hacer diligencias o tomar un vuelo internacional, por cuenta de la suspensión de las rutas de múltiples aerolíneas que llegaban a Caracas.
Las cuentas sugieren que no todos los que ingresaron se han devuelto. Con la información disponible es imposible saber si unos cuantos decidieron quedarse de paseo o probar suerte aquí, ante la falta de oportunidades allá.
Los reportes aislados sugieren que hay un proceso migratorio importante en marcha. Los alcaldes de Santa Marta, Barranquilla y Cartagena hablan de un número indeterminado de venezolanos que están empleados en actividades informales, que van desde el mototaxismo hasta las ventas ambulantes. En Bucaramanga o Bogotá es usual escuchar acentos con el cantado de Maracaibo, o el más sutil de quienes nacieron en el Táchira.
Puede ser que entre esa multitud la mayoría corresponda a colombianos o sus descendientes, pues en la desaparecida época de la Venezuela ‘Saudita’, cientos de miles de compatriotas hicieron el trayecto inverso, atraídos por las posibilidades de empleo, la fortaleza del bolívar y el anhelo de construir un futuro en una tierra que durante décadas estuvo entre las más prósperas y tolerantes de América Latina. Quien disponga de su cédula de ciudadanía tiene el derecho legítimo de recomenzar su vida y dejar atrás los sueños que no se cumplieron.
Por otra parte, están los nacidos en Venezuela, que cuentan con el estatus de residentes en Colombia. Las cifras oficiales hablan de unas 40.000 personas, lo que nos coloca como el primer receptor oficial de ciudadanos bolivarianos en América Latina.
Saber el tamaño de la diáspora venezolana es imposible, pues hay quienes afirman que en lo corrido del siglo, al menos el 10 por ciento de la población se radicó en otros países, que incluyen Estados Unidos, España, Italia, Portugal y Canadá. Muchos descendientes de inmigrantes obtuvieron los pasaportes por sus raíces familiares o pudieron encontrar trabajo, gracias a su perfil profesional en la industria petrolera, por lo menos hasta que duró la bonanza.
No obstante, ante el deterioro de la calidad de vida en la nación vecina, aumenta la probabilidad de que el éxodo se convierta en algo masivo. Aunque muchos no lo crean, columnistas como Andrés Oppenheimer hablan de una crisis de refugiados que se sentiría en las áreas fronterizas y que requeriría el apoyo de la comunidad internacional para que la emergencia se maneje de manera adecuada.
Semejante eventualidad se daría especialmente en Colombia, y en mucho menor grado en Guyana, Brasil o las islas del Caribe, con las que Venezuela comparte fronteras. Ello obliga a tener en mente una estrategia que no puede ser la de la represión y las medidas policivas.
Incluso si el escenario extremo no ocurre, valdría la pena diseñar una política para manejar el arribo de venezolanos, con el propósito de que estos se muevan dentro de la legalidad y los espacios formales. Negarse a ver lo que sucede es como tapar el sol con las manos. Por eso hay que actuar desde ya.
Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
@ravilapinto
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