La fuerte caída que experimentaron los precios del petróleo este jueves, acabó con las ilusiones de quienes anhelaban al menos una mini bonanza. Otra vez el barril de la variedad Brent se ubicó por debajo de los 70 dólares, lo cual se notó de manera inmediata en el mercado cambiario, pues el dólar llegó a su punto más alto en lo que va del 2019: 3.262 pesos. La correlación inversa entre la cotización de los hidrocarburos y la tasa representativa –que desapareció la semana pasada– volvió a asomar.
El motivo de la descolgada se puede ubicar en Estados Unidos. Mientras los observadores hacían cábalas sobre la caída en la oferta que traerían las sanciones a Irán, la debacle en Venezuela y la realidad de Libia, los productores norteamericanos mantuvieron el acelerador a fondo.
Los números hablan por sí solos. La extracción de crudo en el país del Tío Sam llegó a 12,3 millones de barriles diarios a finales de abril, un nuevo récord histórico. Ello no solo confirma al llamado ‘Coloso del Norte’ como el primer productor del planeta, sino que compensa, con creces, los problemas en otros lugares. Hace un par de días, las autoridades en Washington informaron que el volumen de inventarios aumentó en 9,9 millones de barriles semanales, pulverizando las apuestas que hacían los analistas.
Ante la percepción de que habrá suficiente petróleo para atender la demanda global, los precios comenzaron a descender. Lo anterior no impedirá que la volatilidad típica de los bienes primarios traiga consigo altibajos, pero el mensaje es que el auge reciente no tendría motivos reales para sostenerse.
Y la tendencia va en una sola dirección. El Departamento de Energía estadounidense pronostica que la producción promedio del próximo año será de 13,1 millones de barriles. Eso deja a los países asociados en la Opep en la disyuntiva de aguantar el chaparrón o proponer nuevos recortes. El lío es que cotizaciones más altas hacen más atractivo aumentar el bombeo, con las consecuencias sabidas.
ricavi@portafolio.co
@ravilapinto