En medio de la guerra comercial entre Estados Unidos y China, que tiene en ascuas al mundo, no es muy conveniente hablar de desequilibrios. A fin de cuentas, cuando suceden estas turbulencias los capitales salen de las economías emergentes en busca de refugios más seguros, lo cual se expresó este lunes en una pérdida de valor de la mayoría de monedas.
El peso no fue la excepción a esa regla, pues otra vez se acerca al nivel simbólico de las 3.300 unidades por dólar. Y aunque es indudable que la turbulencia internacional es la gran responsable de lo sucedido, vale la pena tener en cuenta otros elementos. Ese es el consejo de los analistas, según los cuales hay desequilibrios que no se pueden ignorar.
Tal vez el que más preocupa es el déficit externo del país, que apunta a ser mucho mayor este año. Aunque el faltante amerita un análisis detallado, por ahora vale la pena señalar que el arranque del 2019 ha sido peor de lo que pensaban los técnicos.
El motivo más evidente es el comportamiento de la balanza comercial, cuyo saldo en rojo avanza a pasos agigantados. De acuerdo con el Dane, mientras entre enero y marzo del año pasado la brecha entre importaciones y exportaciones se ubicó en 1.238 millones de dólares, en el mismo lapso del calendario actual va en 2.367 millones. El salto del 91 por ciento puede elevar el déficit en la cuenta corriente del país, más allá de lo tolerable.
La razón de lo ocurrido es clara: mientras las compras del país aumentan a un ritmo cercano al 10 por ciento anual, las ventas acusan una ligera reducción. Del lado de lo que se importa, hay una reactivación de la demanda que jalona la adquisición de todo tipo de bienes, desde consumo hasta intermedios, pasando por maquinaria y equipo.
En contraste, la locomotora minera pierde dinámica sin que los demás segmentos recojan la posta. Precios del petróleo más bajos y cuellos de botella con el carbón, hacen que la suma exportada no repunte. Y mientras tanto, el agujero externo aumenta de tamaño.
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@ravilapinto