El 2012 será un año especial. Ya el país marcha con fuerza. Colombia se internacionalizó, y este proceso se acelerará. Los empresarios entendieron que hay un mundo más allá de EE. UU., Venezuela, Ecuador y España. Descubrimos, para hacer negocios, a Centroamérica y Brasil, mientras que Canadá, Chile, Corea y China nos descubrió.
Entendimos que educación e infraestructura son lo primero para ser competitivos como país, y hacer competitivos nuestros profesionales y productos.
Ya sabemos que se requieren nuevas y coherentes políticas públicas en estos campos.
El conflicto interno continúa, pero asoma la cara la posibilidad de una paz negociada con las Farc. Ya no estamos secuestrados por su intimidación y arrogancia. Es cuestión de tiempo que sus comandantes entiendan lo que todos sabemos: el balón está en su cancha.
Es necesario que entreguen, sin condiciones, a todos los secuestrados y hagan un cese al fuego unilateral. Ello abrirá las puertas del diálogo para buscar su desmovilización, desarme y reintegración a la vida institucional.
La justicia tiene dientes para perseguir y condenar a funcionarios y congresistas corruptos, y a los aliados de paramilitares y criminales.
El país le ganó la partida a los narcos, y el tema de la legalización internacional de la droga, única solución razonable a este problema, se abre paso lenta, pero firmemente. El presidente Santos entendió esta realidad y puso a Colombia en primera línea de este debate mundial en el que se demostró que la política de prohibición y penalización de las drogas y adictos, es un fracaso. El nuevo paradigma se construirá a partir de otra premisa: el flagelo de las drogas no es un asunto de seguridad nacional o internacional, sino de salud pública, prevención y tratamiento para los adictos.
Si algo justifica la reelección de Santos, son estos dos temas: la paz y la legalización internacional de las drogas.
El primero, para desmovilizar a los guerrilleros, y el segundo, para liderar una nueva política mundial que acabaría con las mafias y carteles del narcotráfico y daría esperanza a millones de seres humanos para salir del infierno de las drogas.
Pero hay lunares: en general, Colombia, con notables excepciones, es un país mal gobernado a nivel de alcaldes y gobernadores. Impera la improvisación, clientelismo y corrupción.
Se pierden miles de millones de pesos y tiempo precioso en malas administraciones regionales y locales, que no saben para dónde van y entregan los cargos a la politiquería y a los ladrones.
Esta es la reforma política pendiente: la de poner en cintura a alcaldes y gobernadores. Que sean estudiados y preparados, que vivan de toda la vida en sus ciudades y departamentos, que haya más controles ciudadanos a su gestión. La orientación es empoderar a la gente para controlarlos y sancionarlos, y no como ocurre hoy, que los cuidan sus amigos puestos por ellos en los órganos de control.
En lo personal, el 2012 será un año de transformación interna. No es el fin del mundo, sino el comienzo de una nueva era basada en el sentir y no en el tener.
Ricardo Santamaría
Politólogo - Periodista