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La autonomía de las regiones

Fui uno de los millones de colombianos que respaldó el voto caribe en las pasadas elecciones. Creo e

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No sólo hemos superado el miedo, sino que encontramos objetivos comunes como país y como sociedad. Nunca, como nación, hemos estado más unidos que hoy. Es lo que descubrió en su campaña Santos, y se convirtió en el eje de su Gobierno: unidad nacional.
Fui uno de los millones de colombianos que respaldó el voto caribe en las pasadas elecciones. Creo en la autonomía regional, pero también en la unidad nacional.
Un complejo y necesario balance que debe lograrse, y que sólo puede entenderse retrocediendo en nuestra historia para reconocer nuestros valores culturales, sociales, políticos y económicos, y cómo estos nos impactan hoy.
No creo que haya comparaciones válidas entre países, para determinar cuál es el grado de autonomía o descentralización que una nación requiere. Depende de su historia. España es distinta a Colombia. Y ni se diga Estados Unidos. Cada país ha encontrado paz y convivencia entre regiones y Estado nación, en un discurrir de siglos dentro de procesos accidentados y complejos.
La nuestra es una historia de violencia, guerras civiles, alzamientos armados y rebeliones de diversa índole a lo largo de los dos siglos anteriores. Dos razones fundamentales están detrás de estos conflictos: ideología (liberales contra conservadores o estos unidos contra comunistas) y, por supuesto, las regiones (la prevalencia de una sobre otra o la autonomía e independencia que alguna reclama). Absurdo, casi infantil, colombianos matándose por el poder, pero así es.
La consolidación de nuestro Estado nacional es en buena medida la superación de esos factores, así sea parcialmente. Somos un país de regiones, y bien marcadas. Aún en pleno siglo XXI, nuestro mercado interno no se ha consolidado totalmente. De una región de Colombia a otra, con excepción del idioma, el fútbol, el café y la religión católica, todo cambia: la comida, la ropa, la música, los medios de transporte, entre otros.
Somos todos colombianos, sin duda. Y estamos orgullosos de serlo. Nos identificamos por la diversidad, por el respeto hacia el otro. Es el éxito de la Constitución del 91 que hoy nos cobija a todos. La adversidad nos ha unido.
En la lucha contra el narcotráfico, y la defensa frente al terrorismo nos hemos encontrado. Los violentos han logrado lo contrario que supuestamente buscan. No sólo hemos superado el miedo, sino que encontramos objetivos comunes como país y como sociedad. Nunca, como nación, hemos estado más unidos que hoy. Es lo que descubrió durante su campaña Santos y se convirtió en el eje de su Gobierno: unidad nacional.
En medio de esta realidad, no conviene iniciar un proceso de autonomía regional que implique parlamentos y gobernadores regionales. Que implique más burocracia pública y nuevos funcionarios elegidos popularmente. Lo que se impone es autonomía en planificación del desarrollo y manejo de recursos. Hay que consolidar nuevos objetivos en el camino de la unidad. Nos falta trecho por recorrer en la derrota de la violencia, el narcotráfico y la criminalidad organizada.
Y para ello, necesitamos al Estado que hoy tenemos. Hacer lo contrario sería un salto al vacío. Pondríamos en riesgo la fuerza institucional que hoy tenemos como nación.
Es cierto que el proyecto de regalías va en el sentido contrario de la descentralización y la autonomía, pero el grado de corrupción a que se ha llegado amerita una medida como esta. La plata de las regalías del petróleo, el gas y la minería no sólo se la están robando en muchos casos, sino que en otros la están malgastando en proyectos y obras que no son prioritarias.
También hay corrupción a nivel nacional, por supuesto, pero desde lo nacional se pueden implementar nuevos y mejores controles. Es el inmenso desafío que tienen el Gobierno y el Congreso.
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