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Los mitos de la política

Desde hace una década, Colombia tiene pendiente una reforma política e institucional del Estado; una

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La política en Colombia viene cambiando dramáticamente durante los últimos años. Eso lo sabemos. Son varios los mitos que se están derrumbando. El primero es el de los partidos políticos. Liberales y conservadores ya no son lo que fueron por 150 años de historia: hoy mueven poca opinión pública y no encarnan ideales políticos fundamentales a ojos de la mayoría de los colombianos. Lo que existen son partidos golondrina y coaliciones de partidos que se forman siguiendo a los dirigentes del momento. El Partido de ‘la U’, de Uribe y Santos, Cambio Radical, de Vargas Lleras, o mucho antes, el Nuevo Liberalismo, de Luis Carlos Galán, o la Nueva Fuerza Democrática, de Andrés Pastrana, llegan y se van. Creo que los últimos dirigentes que representaron auténticos liderazgos de partido fueron Virgilio Barco y Álvaro Gómez. Desde entonces –en los últimos 20 años–, apareció y creció la gran masa de votantes denominada sin partido, que hoy domina la escena electoral colombiana. Son votantes díscolos. No venden el voto, no van a manifestaciones políticas, son ciudadanos urbanos y, lo más significativo, nos les gusta la política, la consideran corrupta o, en el mejor de los casos, aburrida. Eso dicen las encuestas. Y no son solamente jóvenes, son hombres y mujeres de todas las edades y condiciones que votan por personas, no por partidos. Son primos hermanos de los abstencionistas: si amanece lloviendo o están enguayabados, no salen a votar. Así de simple. El espacio de los partidos lo llenan dirigentes que enamoran a la audiencia, pero que al final muchos sucumben dentro de los vicios tradicionales de la política. No es que todos los dirigentes sean malos, no. Hay muchos, y buenos, lo que está fallando es el modelo. ¿Cómo luchar contra la corrupción gubernamental si Procurador y Contralor son elegidos por la bancada de congresistas que apoya al Gobierno, de ternas que manda el Presidente? Y como si fuera poco, tienen que ser, de acuerdo con la ley, del mismo partido del Presidente. Y no me refiero a nadie en particular. Lo que es absurdo es el mecanismo. Por eso los escándalos se dan por la prensa. ¿Ejemplos? ‘Parapolítica’, Agro Ingreso Seguro, caso Nule… ¿O qué tal que el juez del Presidente de la República sea la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes? Es un chiste. Si hay impunidad arriba, en los altos cargos, igual o peor será abajo. Desde hace una década, Colombia tiene pendiente una reforma política e institucional del Estado; una reforma en serio para frenar la corrupción pública, para empoderar al ciudadano y no a los partidos, para impedir el clientelismo entre Gobierno y Congreso, para frenar el despilfarro y el robo de regalías, para promover una educación en valores humanos. Temas de fondo que no aparecen en la agenda política. Colombia puede abocar lo importante y no solamente lo urgente. Las ideologías fracasaron, es un hecho. Muchas lograron avances importantes, pero sucumbieron entre dictadores y burócratas. Hoy el cambio colectivo se da a partir de la transformación individual de cada ciudadano, en democracia por supuesto. Cada uno es responsable de sí mismo. El político que entienda esto sabrá que su discurso debe tener el toque personal de hablarle a cada ciudadano, y que estos lo sientan así.
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