Aunque son muchos los problemas que todavía enfrentamos también lo son las razones para el optimismo, y las oportunidades, así como grandes las posibilidades. El reto está en convertirlas en realidad.
Múltiples son las teorías que se pueden elaborar en relación con lo que se debe hacer para consolidar este proceso y, aun con discrepancias, hay algunos temas en los que es fácil llegar a consensos. Uno de esos es el de la importancia de la educación.
El ejemplo de muchos países ha confirmado, con creces, que es la mejor inversión que puede hacer un país y los resultados lo demuestran. Ampliar la cobertura y elevar los estándares de calidad deben ser los objetivos más evidentes de este tipo de esfuerzos. El tema de la cobertura es sencillo de evaluar pues, al fin y al cabo, saber si se está avanzando en este propósito es un asunto de aritmética.
El problema es cuando se trata de examinar la calidad, ya que los resultados sólo se conocen muchos años después de haber puesto en práctica las acciones orientadas a este propósito. La eficacia en la asignación de esfuerzos y recursos a este fin sólo se podrán conocer cuando los alumnos lleguen al mundo laboral y a sus distintas actividades profesionales.
Se trata, además, de un mercado imperfecto, donde los precios en algún grado deben reflejar la calidad, pero también pueden estar mostrando es acciones de mercadeo o de estatus social, y no es fácil comparar entre instituciones. Esa es la razón de los sistemas de ranking que se usan en el mundo donde, incluso, no se miden sólo las entidades educativas en su conjunto, sino los programas, debido a que el posicionamiento de la institución no garantiza necesariamente la calidad de la carrera.
Contar con profesores altamente calificados, clases con una baja relación de número de alumnos por docente y una importante actividad de investigación es completamente diferente, en términos de calidad, a lo que ocurre en otra entidad que ofrezca la misma carrera (o más bien un programa con el mismo nombre) con maestros de cátedra y formación académica discreta, cursos de muchos alumnos y poco análisis.
Los resultados en términos de ingresos y costos serán también muy distintos y, probablemente, será la segunda entidad la que presentará mayores utilidades. Este tipo de cosas es sólo un ejemplo simple de los riesgos que involucra el planteamiento de promover la educación universitaria con organizaciones con ánimo de lucro.
Un enfoque hacia las ganancias puede generar situaciones perversas y análogas, como se ha visto en muchos casos del sector salud: aumentos en cobertura, pobreza en el servicio prestado, y las condiciones de los profesionales de la salud. Los argumentos y las dudas son múltiples y gente muy seria y conocedora del tema los que los plantean.
Hay, de otra parte, diversas experiencias internacionales que sólo dejan dudas. Ojalá el Gobierno reflexione y atienda estos planteamientos y el Congreso los tenga en cuenta cuando adelante sus deliberaciones sobre tan importante tema.
RICARDO VILLAVECES P.
CONSULTOR PRIVADO