Venezuela es, sin lugar a dudas, no solo parte de nuestra historia, sino de nuestro presente y futuro. Siempre estará ahí y será nuestra vecina de barrio.
Por años, la vimos como algo folclórico cuando la asociábamos al nuevo rico del vecindario y llegó a tener periodos en que el calificativo ‘Venezuela saudita’ describía bien la imagen que proyectaba. Más adelante fue nuestro gran socio comercial y quedó en evidencia el potencial de complementación productiva que tenían los dos países. En todos los casos, con una mezcla de envidia y admiración, había conciencia de que, independientemente de sus actuaciones de nuevo rico, todo tenía un fundamento muy sólido, pues es una nación privilegiada, por su dotación de recursos naturales, especialmente en cuanto hace a energía y minerales.
Por todo aquello, resulta tan incomprensible ver el estado de deterioro de su economía, los estantes vacíos, las filas para comprar papel higiénico e, incluso, que se hable de la posibilidad de poner en operación sistemas de racionamiento. Un país que había logrado grandes avances en la formación de sus profesionales tiene que ver que los mejores y muchos empresarios buscan opciones para establecerse en otros territorios, entre los cuales Colombia aparece como uno de los preferidos, para fortuna nuestra, que puede recibir gente bien preparada e inversionistas dispuestos a jugársela por nuestro país.
No hay duda de que ha sido una visión de gobierno y de sociedad que, aunque pudiera estar bien intencionada, no ha podido responder a sus propias expectativas y que, si bien ha logrado avances en algunos campos y favorecido a ciertos grupos de población, ha dado lugar también a la corrupción y consolidación de grupos emergentes que se constituyen en lo que han denominado la ‘boliburgesía’.
Más preocupante aún, lo que se ve es que la sostenibilidad económica y política del país es cada vez mas dudosa, pues no solo tiene su aparato productivo en crisis, sino que está completamente dividido, como claramente se registró en las pasadas elecciones.
El desespero de los gobernantes es palpable cuando tienen que armar las telenovelas que hemos visto por estos días. Conspiraciones desde Colombia para envenenar lentamente al Presidente; aviones de combate comprados por la oposición, listos para bombardear Miraflores desde bases norteamericanas en nuestro territorio (?); replanteamiento de las relaciones con Colombia por el rechazo a las decisiones soberanas de nuestro Presidente sobre a quién recibe en su despacho, etc, etc. Una situación que haría reír, si no fuera por las consecuencias imprevisibles que pudiera llegar a tener.
Es una situación patética la de nuestros vecinos que, ojalá, puedan encontrar caminos para salir adelante, aunque, lamentablemente, por lo que se ha visto en las últimas semanas no deja mucho margen para el optimismo y, por el contrario, hace más exigente que nunca la prudencia, el tacto y la firmeza de nuestro Gobierno para manejar la coyuntura, teniendo en cuenta que, en cualquier circunstancia, siempre serán nuestros vecinos, y nada es más deseable que una buena convivencia con ‘el de la casa de al lado’.
Ricardo Villaveces P.
Consultor privado
rvillavecesp@gmail.com