Hace algunos meses dediqué esta columna al fenómeno de los ‘indignados’ europeos y al llamativo hecho de que un nonagenario sobreviviente del holocausto, Stephane Hessel, fuera el inspirador de movilizaciones sociales compuestas, en gran medida, por jóvenes.
Mencionaba, en esa ocasión, que el librito de Hessel aboga por un sistema económico que se preocupe más por lo social, y añoraba ese ‘Estado del Bienestar’, que caracterizó a la Europa de la posguerra frente a la reducción de oportunidades y al futuro poco prometedor que se plantea para tantos y tantos europeos.
Desafortunadamente, las cosas han marchado de mal en peor y la crisis del 2008, que debería haber llevado a cambios de fondo tanto en las políticas como en las prácticas de gobiernos y actores de la economía, sólo ratifican la miopía de quienes deberían estar liderando esas transformaciones.
A los gobiernos les ha quedado grande el problema, y grandes protagonistas como debería haber sido Estados Unidos, sólo contribuyen a acentuar la crisis por cuenta de la codicia de algunos, de los odios de otros y de la ausencia de dirigentes que entiendan su papel en la historia.
En Europa, el ajuste va a ser doloroso y, en el mejor de los casos, sacrificará a cientos de miles de personas que saldrán afectados por los procesos de ajuste. En los escenarios más negativos, las cosas pueden llegar a extremos insospechados.
El caso de Estados Unidos es desconcertante. Que a pesar de la gran responsabilidad que tienen en lo que está ocurriendo, los inversionistas del mundo se muevan hacia el dólar y prefieran comprar papeles de ese gobierno no deja de ser una gran paradoja, pero muestra el papel tan relevante de ese país y la oportunidad que tendría para consolidarse como el gran protagonista de este época.
Lamentablemente, la miopía, la arrogancia o la incapacidad para entender lo que pasa por parte de sus dirigentes, les llevará a perder esa gran oportunidad. La gente, sin embargo, comienza a reaccionar y los movimientos de ‘indignados’ en Wall Street, y que comienzan a aparecer por todas partes, hacen prever épocas turbulentas pero, ojalá, creativas que ayuden a sacudir al establecimiento para que haga los ajustes del caso.
Movilizaciones en los países desarrollados, en el norte de África, en Medio Oriente, y en gran parte de los países de América, ponen de presente que estamos en épocas de cambio.
Colombia, no va a ser ajena a esta ola que, como siempre sucede, nos llegará con retraso, y aunque tenga motivaciones diferentes, tendrá expresiones parecidas.
Esto tiene su lado positivo, pues pueden contribuir a fortalecer la democracia, pero no es menos cierto, tienen grandes riesgos por la amenaza de que sean infiltradas por los violentos que aún subsisten y terminen generando más violencia, más polarización y vuelvan a alejar al país de esa paz tan esquiva que tanto requiere.
Este es un gran reto para Santos que, sin duda, es consciente de la corriente de indignación que recorre el mundo con todas las implicaciones que ello supone.