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Rifas, juegos y espectáculos

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En días pasados, alguien recordaba una frase del maestro Arciniegas, según la cual en Colombia “pasa de todo y no pasa nada”. Tal cual. Algo tenemos los colombianos que logramos desarrollar una psicología colectiva capaz de olvidar rápidamente, como si se tratara de episodios trágicos que borran nuestra mente para protegerse del dolor.
No podemos seguir anestesiados ante los hechos. Los escándalos se opacan unos a otros con la espectacularidad de las noticias y el amarillismo de los selfies, los videos, las inculpaciones y las difamaciones. Isagen es rifada en una supuesta subasta con un único proponente, despojando al país de un activo estratégico, y obramos con indignación pasajera. Luego, vienen los escándalos de la Defensoría, la Policía y Reficar, en los cuales la torpeza del gobierno lleva a confeccionar acusaciones a la administración Uribe y después se percata de que fue en el actual mandato en el que se aprobaron todos los sobrecostos que hoy nos indignan.
Pero, lo grave es que estamos ante una realidad que duele. La justicia, como institución que garantiza el Estado de Derecho, también obra como un espectáculo mediático. Por un lado, abogan por la descongestión carcelaria, donde hay miles de personas privadas de su libertad sin que se resuelva su situación jurídica, y, por otro,realizan capturas para generar hechos políticos, a personas que deberían poder ejercer su derecho a la defensa con plenas libertades, mucho más cuando sus acusadores cargan señalamientos de falsos testigos y presentan patologías psiquiátricas que minan su credibilidad.
No estamos ante un juego. Mientras nos distraen las cortinas de humo de los espectáculos escandalosos y el gobierno pretende ilusionarnos con anuncios y titulares, el país retrocede. Pagamos más de ocho mil millones de dólares en cargo por confiabilidad para garantizar energía en momentos de estrés hidrológico, y hoy dependemos de la energía de Venezuela y Ecuador para evitar el apagón. La confianza del consumidor regresa a los niveles del año 2002, cuando la incertidumbre dominaba las expectativas de los hogares. Caen las exportaciones, la inversión, la Bolsa de Valores, la credibilidad en las instituciones y mueren niños desnutridos, mientras se gastan millones en almendras. Y lo peor, luego de haber adherido a la Corte Penal Internacional, salimos a deberles a nuestros verdugos históricos con una justicia hecha a la medida de sus clamores, de impunidad y descarada necesidad de reivindicación política.
La salida fácil es tildar de pesimistas a quienes se preocupan por esta realidad que se oculta en el sensacionalismo. Podemos y debemos ser optimistas, pero para serlo necesitamos gobierno y una realidad que lo sustente. Tenemos un Comisionado de Paz y no un Presidente que gobierne para todos y muestre firmeza en defensa de los principios que unen a la ciudadanía de bien. Todo está condicionado a La Habana, desde arreglar los problemas fiscales hasta la arquitectura institucional, bajo el sofisma del posconflicto.
Necesitamos despertar de nuestra indiferencia y reaccionar a este ambiente de rifas, juegos y espectáculos que nos anestesia. Colombia está viviendo momentos de riesgos graves y solo una ciudadanía consciente y activa es capaz de exigir un mejor gobierno.
Iván Duque Márquez
Senador
ivanduquemarquez@yahoo.com
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