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¿Ineptitud o maldad?

Sartre decía que la sensación más desagradable que causaba el mal es que el ser humano se acostumbra a este. Que no nos ocurra eso a nosotros.

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Pareciera que el descalabro económico y social de Venezuela se debe a la maldad de Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y de la camarilla entera del régimen, y no a la ineptitud. El mal, según Freud, es innato e inherente al ser humano. Tal vez por eso encontramos, a lo largo de la historia, gobiernos perversos y absolutistas que dejan una estela de destrucción a su paso.
Regímenes como el de Stalin, Mao, Hitler, Franco y Pinochet confirman la teoría freudiana del mal. Estos dictadores causaron, deliberadamente, la muerte de millones de personas, destruyeron el aparato económico del Estado, crearon hambrunas, diezmaron la población (en el caso de Venezuela, siguiendo a Fidel), además de fomentar la emigración masiva.
Todos ellos formaron Estados tiranos, que funcionaban como su centro de poder absoluto, lo que los convertía en la primera, la última y la única instancia.
Si bien es cierto que Aristóteles, San Agustín y Albert Einstein dijeron que el mal no es otra cosa que la ausencia del bien, lo cierto es que aquí parece haber más que una simple ausencia. Existe una actitud criminal activa frente a la población.
Estos gobiernos mantienen ese poder, pues la población que logra sobrevivir, totalmente menoscabada, se rinde y permanece abyecta. Sienten que el mal vivir –la mera supervivencia– es suficiente aliciente para no tomar iniciativa alguna y enfrentarse al poder absoluto. Se llega a lo que Jean- Paul Sartre odiaba, “las víctimas que respetan a sus verdugos”.
Es importante distinguir entre ineptitud y maldad. El conflicto en Venezuela no es un enfrentamiento basado en la lucha de clases con motivación local. Existe una confrontación en la cual están presentes las grandes potencias, y que puede tomar una fuerza que culmine enfrentándonos con un poder que atenta contra la paz de la región. Y no me refiero aquí solo al peligro de que esto ocurra en un enfrentamiento con Colombia, que ya sería bastante.
No era fácil imaginarnos un escenario de confrontación que incluyera a Estados Unidos, Rusia y China actuando en un país vecino. Además, en el estadio donde se estrenaría una novel forma de enfrentamiento. La confrontación cibernética, que potencialmente podemos tener frente a nosotros, nivela la desproporción de material bélico entre las partes. Hoy, esta diferencia favorece materialmente a Estados Unidos, pero no es el número de ojivas nucleares y del otro ‘hardware’ lo que acá se impone, sino que es el ‘software’ que permite neutralizar esas desproporciones el que va a determinar los resultados. No tenemos precedente que nos permita proyectar cuál será la consecuencia de un posible enfrentamiento.
Lo que ocurra en Venezuela tiene mucho que ver con la posición que tomen sus fuerzas armadas, hoy adscritas en su mayoría al régimen bolivariano. Vemos que es posible que los militares venezolanos no solo estén motivados por proteger sus conquistas materiales, sino que habrá algunos que crean ser objeto de la ‘banalidad del mal’; ese fenómeno que Hannah Arendt definió como la incapacidad de algunos seres humanos de pensar por sí mismos. Estos, según ella, estarían condicionados por sentirse seguidores fieles a la autoridad y estar obedeciendo órdenes.
La banalidad, en el sentido en que Arendt la define, es una acción motivada por una estupidez totalmente exenta de excepcionalidad. Sartre decía que la sensación más desagradable que causaba el mal es que el ser humano se acostumbra a este. Que no nos ocurra eso a nosotros.
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