Una mujer será presidenta

El 15 de enero próximo, tal como lo sostienen los más rigurosos analistas y las mismas encuestas, las mayorías nacionales reiterarán en las urnas el amplio triunfo electoral (56 por ciento) obtenido para Senado y Cámara por los partidos progresistas que conforman la Concertación desde hace 15 años.

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Ciertamente, no pasa de ser una necia fantasía sumar los votos de las dos corrientes de la llamada ‘derecha’ y congelar el respaldo creciente de las mayorías a Bachelet: explicable, en buena parte, por la formidable gestión del presidente Lagos. Además, porque existen abismos entre lo que significan política, ética e históricamente Sebastian Piñera y Joaquin Lavin. El primero, es vocero de un capitalismo que acata la institucionalidad democrática y, en términos generales, ha compartido y usufructuado las exitosas directrices económicas del actual Gobierno. En cambio, el segundo lleva a cuestas el contar con el apoyo de los cómplices, adherentes, o, testigos mudos de la dictadura corrupta y genocida de Augusto Pinochet. En efecto, la dinámica vertiginosa de estos últimos lustros comprueba que, al menos en Occidente, los fundamentalismos ideológicos están llamados a desaparecer. Nada tiene de original, por eso, afirmar que en el ajedrez de la política hay varias ‘derechas’, ‘izquierdas’, ‘centros’, ‘social-democracias’. Tanto que ahora tales calificativos se prestan para las más caprichosas clasificaciones de tipo ‘ideológico’. La expedición de esta clase de certificados ha terminado siendo, las más de las veces, un recurso lingüístico y retórico para enredar incautos. El socialismo ‘real’ que predicara Altamirano en la era allendista ha sido, por ejemplo, sustituido por un socialismo moderno, con liderazgos como los que abanderan Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, tal como lo exigen las condiciones políticas, económicas y sociales del siglo XXI. La lucha contra la pobreza e indigencia, la libertad con equidad y la ‘cuestión social’, como esencia de toda plataforma política que no sea retardataria, nada tiene de novedoso y carece de dueños. Por esta simple razón Chile tendrá presidenta y los rezagos del pinochetismo, alegando ‘demencia senil’ de su patriarca, ya son solo escombros de una vergüenza histórica. Con la nueva Constitución Política, promulgada este año, Chile traspone su condición de democracia ‘inconclusa’ y se coloca a la vanguardia de lo que debe ser una nación que busca, por encima de cualquier otra consideración, lo que Lionel Jospin resumiera felizmente: "sí a la economía de mercado, no a la sociedad de mercado". Cuando tuve el privilegio de ser embajador de Colombia en Chile se iniciaba la difícil y larga marcha de la ‘transición’. Hoy celebro que sus objetivos fundamentales cada día se estén concretando y perfeccionando más. Entre ellos recuerdo: esclarecer la verdad y hacer justicia en materia de derechos humanos, como exigencia moral ineludible para la reconciliación nacional; democratizar las instituciones; promover la justicia social, corrigiendo las desigualdades e ineficiencias del modelo económico; impulsar el crecimiento, el desarrollo y la modernización del país; y, sobre todo, reinsertar al país austral en el lugar que históricamente había ganado en la comunidad internacional. En la historia la justicia cojea pero llega. Ahora, mientras Pinochet, el torturador, brega por no morir encarcelado, Michelle Bachelet, su torturada, despachará en el Palacio de la Moneda, es decir, el mismo edificio que el dictador ordenara bombardear en 1973 luego de traicionar a Salvador Allende. Jorge Mario Eastman Ex ministro Delegatario y ex embajador en E.U.
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