La versión tolimense del Líbano
Hay varias coincidencias entre Brigham Young, el fundador de la ciudad norteamericana de Salt Lake City, e Isidro Parra, el fundador del pueblo tolimense de Líbano.
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En 1847 Young partió de San Luis, a orillas del río Missouri, huyendo de la persecución religiosa, y buscando un lugar para fundar una ciudad que creciera bajo sus normas mormonas. De otro lado Parra, liberal y librepensador, partió de Manizales, también una ciudad de frontera, no solo en busca de tierras de labranza, sino huyendo de la opresión religiosa que ejercía la iglesia en toda la provincia paisa. Ambos, Young y Parra, eran intelectuales autodidactas, ambos defendían la libertad religiosa (aunque por razones distintas), y los dos inculcaron la ética del trabajo en los pueblos que fundaron. En 1864, cuando Isidro Parra llegó con sus siete hermanos y un nutrido grupo de colonos antioqueños, había gente habitando el valle de El Líbano, como ya había sido designada esta inusual planicie en medio de la cordillera Central. Las buenas maderas del lugar seguramente hicieron que los pioneros evocaran los legendarios cedros del país asiático. A la llegada de Parra vivía aquí un francés descarriado de nombre Desiré Angée, un ingeniero llegado a Colombia 20 años atrás para la construcción del Capitolio Nacional, y quien, después de un decenio de vida solitaria en estos parajes del Estado Soberano del Tolima, había viajado a Bogotá y se había traído con él a la ex monja Mercedes González. Una historia de amor que ni la de Abelardo y Eloísa. Desiré y Mercedes fueron propietarios de este fértil valle al comprarles los títulos a los primeros 18 colonos, que a su vez se habían valido de los beneficios de la Ley de Baldíos de 1849 para adquirir 50 hectáreas cada uno. UN PUEBLO LIBERAL Pero a diferencias de estos y tantos otros colonos, Parra no llegó a colonizar el sitio solo para sacar de él su sustento. Llegó con la misión de fundar un pueblo, de trazar sus calles y de asignar sus lotes, incluso de construir un templo para los católicos que con él venían. El pueblo de Parra no fue un pueblo cualquiera. Desde el principio fue un pueblo liberal. El anticlericalismo de los radicales de la época tendría fácil asiento aquí. Isidro Parra, cuyos restos no se encuentran en el cementerio de Líbano (porque los curas en su momento no lo permitieron) sino en su parque principal, tomó las armas para defender sus ideales, primero con los ejércitos de Tomás Cipriano de Mosquera en 1860, y luego en las guerras civiles de 1885 y 1895. Concluida esta última, murió asesinado mientras dormía en una hacienda cercana al pueblo, y su cuerpo desnudo y mutilado fue arrastrado por sus calles presagiando lo que vendría medio siglo después en tiempos de La Violencia. No sorprende que este aislado reducto montañoso del Tolima fuera receptivo a las ideas marxistas de principios del siglo XX. Fue así como en 1929, cuando Fidel Castro no había cumplido aún los tres años, Líbano fue escenario del primer levantamiento armado de la izquierda revolucionaria en América. El episodio de los bolcheviques del Líbano no fue un acto aislado de un grupúsculo de comunistas, sino parte de un alzamiento nacional que pretendía la toma del poder a través de una serie simultánea de atentados y golpes estratégicos en muchos lugares. El plan se abandonó pocos días antes, ante las pocas posibilidades de éxito. Pero en el Líbano no se enteraron. Fueron unos 300 los campesinos, carpinteros y artesanos, armados unos con fusiles viejos y otros con escopetas de fisto, los que acompañaron al zapatero Pedro Narváez y a los otros líderes locales del recién creado Partido Socialista Revolucionario. Se lanzaron así al ataque en la madrugada del 29 de julio, al tiempo que una serie de bombas artesanales causaban más pánico que daño entre la población libanense. Alguna resistencia le opusieron estos improvisados revolucionarios a las tropas que organizó el veterano general de los Mil Días, Antonio María Echeverry, reforzadas con 50 hombres del arma de caballería que fueron despachados desde el vecino pueblo de San Sebastián (que luego sería Armero). Para los años treinta, Líbano era el segundo municipio del Tolima. Gracias a la riqueza cafetera, había numerosas industrias, una fundición, una fábrica de jabón, un gran molino de trigo, media docena de periódicos y una agitada vida intelectual. Fue su momento dorado. La Violencia, que tanto se ensañó con el Tolima, llegó tarde al Líbano que, tres años después del asesinato de Gaitán, seguía siendo una isla de paz. Hasta que un día de mediados de 1951 murió en la cárcel local un liberal, tras el maltrato recibido por la policía chulavita. El entierro fue sangriento, y siete liberales más cayeron bajo las balas de la policía conservadora. No sorprende que este reducto montañoso del Tolima fuera receptivo a las ideas marxistas. evocaran los legendarios cedros del país asiático. A la llegada de Parra vivía aquí un francés descarriado de nombre Desiré Angée, un ingeniero llegado a Colombia 20 años atrás para la construcción del Capitolio Nacional, y quien, después de un decenio de vida solitaria en estos parajes del Estado Soberano del Tolima, había viajado a Bogotá y se había traído con él a la ex monja Mercedes González. Una historia de amor que ni la de Abelardo y Eloísa. Desiré y Mercedes fueron propietarios de este fértil valle al comprarles los títulos a los primeros 18 colonos, que a su vez se habían valido de los beneficios de la Ley de Baldíos de 1849 para adquirir 50 hectáreas cada uno. UN PUEBLO LIBERAL Pero a diferencias de estos y tantos otros colonos, Parra no llegó a colonizar el sitio solo para sacar de él su sustento. Llegó con la misión de fundar un pueblo, de trazar sus calles y de asignar sus lotes, incluso de construir un templo para los católicos que con él venían. El pueblo de Parra no fue un pueblo cualquiera. Desde el principio fue un pueblo liberal. El anticlericalismo de los radicales de la época tendría fácil asiento aquí. Isidro Parra, cuyos restos no se encuentran en el cementerio de Líbano (porque los curas en su momento no lo permitieron) sino en su parque principal, tomó las armas para defender sus ideales, primero con los ejércitos de Tomás Cipriano de Mosquera en 1860, y luego en las guerras civiles de 1885 y 1895. Concluida esta última, murió asesinado mientras dormía en una hacienda cercana al pueblo, y su cuerpo desnudo y mutilado fue arrastrado por sus calles presagiando lo que vendría medio siglo después en tiempos de La Violencia.ANDRUI
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