Con el agua en mente

EXDIRECTOR DE PORTAFOLIOActualizado:
Tras las temporadas invernales que en los años pasados dejaron pérdidas inmensas en Colombia, tanto en lo que hace a vidas humanas, como a cultivos anegados e infraestructura vial destruida, parecería apenas lógico pensar que el país no necesita más lluvias.
De hecho, más de un ciudadano respiró aliviado cuando el Ideam informó hace pocas semanas que por fin el fenómeno de ‘La Niña’ había terminado, con lo cual deberían volver a su curso normal las precipitaciones que tantos problemas causaron.
Sin embargo, lo que ha sucedido en varios puntos del territorio nacional es lo contrario.
Zonas como la Costa Atlántica empiezan a sentir una intensa sequía que golpea a los agricultores y a la población en general.
Tan es así, que han tenido lugar disturbios y protestas populares, pues el servicio de acueducto ha sido intermitente en el mejor de los casos, ante la baja en el caudal de los ríos que surten plantas de tratamiento y bocatomas.
Semejante contraste con la situación de hace pocos meses vuelve a poner de presente que el país está sintiendo en carne propia los efectos del calentamiento global, que en las áreas tropicales se expresa en fenómenos climáticos más extremos.
En otras palabras, de las lluvias torrenciales se puede pasar a la ausencia de las mismas, algo que exige mucha más planeación y un esfuerzo de mitigación que es indispensable.
La necesidad de actuar no está limitada a Colombia.
En todos los puntos cardinales del planeta han tenido lugar episodios que son un campanazo de alerta para sociedades que sienten las consecuencias de la explotación excesiva de los recursos naturales y de la emisión de gases que crean el conocido efecto invernadero.
Como si lo anterior no fuera suficiente, hay que incluir en la ecuación lo que sucederá en los próximos años.
De un lado, la población mundial va a pasar de 7.000 a 9.000 millones de personas entre ahora y mediados del siglo. Del otro, el aumento en los niveles de ingreso promedio, que se traduce en una disminución de la pobreza y una mayor capacidad de consumo, va a impulsar la demanda de alimentos, que debería crecer en cerca de un 75 por ciento. Aparte de lo anterior, el surgimiento de los biocombustibles como fuente de energía también le pondrá mayor presión a la agricultura.
Tales factores llevan a que sea necesario tener en cuenta el tema del agua como central en cualquier estrategia de desarrollo. Así lo vienen de señalar las Naciones Unidas, que esta semana dieron a conocer un completo informe al respecto.
El veredicto no es tranquilizador. Según la entidad multilateral, vastas zonas del globo tienen problemas para proveerse del líquido, algo que afecta la calidad de vida de centenares de millones de personas. Tanto en África como en Asia existen territorios en donde se presentan emergencias que golpean a naciones enteras.
Aparte de esto, el aumento de población en las áreas urbanas, que saltará de 3.400 a 6.300 millones de seres en apenas cuatro décadas, constituye un reto adicional. Y el obstáculo no sólo tiene que ver con el agua potable, sino con la provisión de fuentes confiables y el tratamiento de residuos, tres capítulos que revisten una enorme complejidad.
En medio de esa perspectiva, América Latina podría darse por bien servida.
Al fin de cuentas, la región cuenta con más de una tercera parte de las reservas globales del líquido.
Lamentablemente, esa abundancia lleva a desperdicios y descuidos que pueden salir muy costosos en un futuro no muy lejano, además de presiones que ya se sienten. Por ejemplo, capitales como Quito y La Paz se surten de glaciares que cada vez tienen menos reservas.
Pero es sobre todo el caso de Colombia, con su gran diversidad biológica, el que exige que un país que ha ignorado a lo largo de su historia un tema fundamental, empiece a pensar con responsabilidad en lo que tiene que hacer en este frente.
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