Hasta otro aniversario
EXDIRECTOR DE PORTAFOLIOActualizado:
A lo largo de las últimas semanas, en los diferentes medios han aparecido decenas de artículos, comentarios y reportajes relacionados con el vigésimo aniversario de la Constitución de 1991, el cual tuvo lugar ayer.
Tanto la génesis del movimiento estudiantil que dio comienzo a todo, como las propias deliberaciones de quienes fueron elegidos para redactar el texto, al igual que el resultado final de un proceso que llevó a los colombianos a tener una nueva Carta Política, han sido analizadas en detalle.
El interés que el tema ha despertado en el público habla mucho de la legitimidad de lo sucedido.
De la misma manera, es clara la sensación de pertenencia que tiene la ciudadanía con respecto a un ejercicio que en su momento produjo una oleada de optimismo, junto a la esperanza de que con otra hoja de ruta Colombia pudiera superar algunas de sus dificultades ancestrales.
Si bien buena parte de los asuntos pendientes todavía están ahí, todo sugiere que el cambio de rumbo ha sido positivo. La introducción de un buen número de principios y derechos, así como de diversas garantías, le permitió a la gente disponer de herramientas que no tenía en el pasado.
El final del antipático mecanismo del Estado de Sitio sirvió además para equilibrar las cargas entre los poderes públicos y ordenar mejor un sistema que se asemejaba más a una colcha de retazos, a raíz de las reformas a las que había sido sometida la Constitución de 1886.
En el campo económico, a su vez, las innovaciones fueron profundas. Para comenzar, la descentralización recibió un espaldarazo fundamental, que incluyó la entrega de una porción creciente de los ingresos públicos.
Al mismo tiempo, fue claro el espíritu de abrirle un espacio mucho más grande a la iniciativa privada, mientras se reforzaba la capacidad de regulación estatal, sobre todo en los servicios públicos.
De especial importancia resultó ser la entrega de una mayor autonomía al Banco de la República, una decisión que probablemente ocasionó el beneficio común más extendido de todos, gracias a la disminución en las altas tasas de inflación que en el pasado golpeaban el poder adquisitivo de los consumidores.
Esos puntos a favor no necesariamente quieren decir que lo ocurrido estuviera libre de mácula.
Aparte de la creación de entidades que muestran un pobre balance al cabo de cientos de miles de millones de pesos desperdiciados –como pasa con la Comisión Nacional de Televisión– también hay casos de retroceso, como ocurre con el sistema que rige la expedición del Plan de Desarrollo, que ha degenerado en una especie de vara de premios de la cual abusan tanto el Ejecutivo como el Legislativo.
No obstante, algunas de las críticas más ácidas que se le hacen a la Carta son injustificadas. Así, los supuestos abusos de la descentralización tienen que ver más con una transferencia inadecuada de competencias y un problema en los sistemas de fiscalización, que con un error a la hora de darles más relevancia a las regiones.
De la misma manera, la falta de avances contundentes en la lucha contra la pobreza o la mala distribución del ingreso, tiene su explicación en políticas equivocadas o abusos de normas, como las de las pensiones en donde los estratos más altos son los que se llevan casi todos los subsidios cargados al presupuesto.
Tampoco se puede olvidar que las reformas constitucionales orientadas a ajustar aquí o equilibrar las cargas allá, suman casi 30 en las últimas dos décadas.
Aunque esas vueltas de tuerca horrorizan a los puristas, la verdad es que se trata de darle puntadas adicionales a un articulado que tiene que adaptarse a las realidades cambiantes del país y que debe seguir, por ejemplo, para ajustar los controles ante la reelección presidencial. Eso no tiene nada de malo en la medida en que el espíritu de modernidad presente en 1991 siga prevaleciendo, tanto ahora como en el futuro..
Ponte al dia.