Otro campanazo de alarma

Cada vez hay más evidencias de que en Colombia no solo la industria se ha estancado, sino que empieza a ser de menor tamaño.

EXDIRECTOR DE PORTAFOLIOActualizado:
A medida que avanza un año en el que aparecen, cada vez más, señales de desaceleración de la economía colombiana, es claro que la situación más alarmante es la del sector manufacturero. No solo este se encuentra en una circunstancia de virtual estancamiento –de acuerdo con las cifras del Dane para el primer semestre– sino que las expectativas de los industriales se siguen deteriorando. Así lo confirmó ayer Fedesarrollo, entidad que reveló el indicador de confianza para el ramo con corte a julio.
Según el sondeo, tuvo lugar un deterioro en cada uno de los tres elementos que componen el medidor. Tanto el volumen de pedidos, como el nivel de existencias o las expectativas de producción para los próximos tres meses se deterioraron. Si bien la fotografía no es tan mala como la tomada por la misma época del 2009 –cuando apenas el mundo empezaba a salir de la recesión causada por la crisis financiera–, sí es peor que la de los dos años siguientes.
Semejante reporte es inquietante, pues se suma a las evidencias de que hay un proceso de desindustrialización en el país, el cual podría estar ganando en velocidad. Antes de entrar en materia, sin embargo, hay que dejar en claro que son numerosas las economías en las que ocurre algo similar. Un análisis de Anif muestra que en Estados Unidos la actividad manufacturera pasó de representar el 28 por ciento del Producto Interno Bruto, en 1953, al 12 por ciento, actualmente, mientras la participación de la prestación de servicios saltó del 48 al 69 por ciento, en el mismo lapso.
Otros ejemplos abundan en Europa, Japón o la propia América Latina. Brasil, Perú, México o Chile han visto disminuir el peso relativo de su industria, aunque el ritmo ha sido diferente en cada uno. En lo que hace a Colombia, la participación de esta ha descendido del 23 por ciento, en la década de los setenta del siglo pasado, al 15 por ciento, en el actual. Incluso, si se hace un corte más reciente dicha proporción sería apenas del 12 por ciento.
Lo ocurrido hasta ahora no quiere decir, necesariamente, que el ramo manufacturero haya dado un gran paso atrás, sino que otros han avanzado más rápido. El caso más notable es el de la minería, que ha venido creciendo a tasas cercanas al 12 por ciento anual en los últimos años, con lo cual tiene una porción cada vez más grande del PIB, hoy cercana al 8 por ciento.
Pero hay el peligro real de un empequeñecimiento. Cada vez suenan con más intensidad las alarmas con respecto a la fábrica de zapatos que decide concentrar sus esfuerzos en la distribución, e importar calzado de China, o la multinacional de autopartes que considera que no puede competir con los bienes que llegarán de Corea y planea liquidar su personal, ante el Tratado de Libre Comercio con ese país. El argumento de la tasa de cambio y de las economías de escala que tienen otros proveedores es usado frecuentemente.
En respuesta, el Gobierno ha tratado de abaratarles los costos a los productores nacionales. El desmonte de la sobretasa a la energía eléctrica es citado como una medida concreta, junto a la rebaja de aranceles a insumos traídos de afuera.
El problema es que el fenómeno de apreciación del peso es mucho más fuerte. Al mismo tiempo, es sabido que romper ciertos cuellos de botella que limitan la competitividad es un esfuerzo que tomará varios años. Por tal razón, más de un industrial sostiene que se encuentra entre la espada y la pared.
Así las cosas, el Ejecutivo está en mora de presentar una política industrial que identifique problemas y busque soluciones en el corto, mediano y largo plazo. Solo con buenas señales gubernamentales será posible mantener una base productiva diversificada. Esta constituye un requisito para que el país siga prosperando, incluso si en pocos años la bonanza mineroenergética, que tantos recursos nos ha dejado, empieza a llegar a su fin.
RICARDO ÁVILA PINTO
ricavi@portafolio.co
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