Deterioro inconveniente

EXDIRECTOR DE PORTAFOLIOActualizado:
Hasta hace muy poco, Juan Manuel Santos podía afirmar que a lo largo de su Gobierno el desempleo había disminuido de manera persistente, casi siempre, desde agosto del 2010.
Pero una seguidilla de reducciones de 19 meses llegó a su fin en septiembre.
Y es que, según lo informó el Dane ayer, la desocupación en el noveno mes del 2012 llegó al 9,9 por ciento a nivel nacional, dos décimas más que en igual lapso del año pasado.
Aunque el incremento es menor, implica un cambio de tendencia que es significativo y puede anticipar el regreso a tasas por encima del 10 por ciento, incluso en una época considerada como dinámica.
Para colmo de males, el alza tuvo lugar a pesar de que la tasa global de participación –que mide la relación entre la población económicamente activa y la que está en edad de trabajar– también disminuyó.
Puesto de otra manera, la presión sobre la oferta laboral bajó, pero eso no evitó que más colombianos se encuentren cesantes.
Las cifras son elocuentes.
Aunque el total de ocupados creció en 0,8 por ciento, lo que equivale a 166.000 personas –para un total de 20,5 millones–, los sin empleo aumentaron en 3,2 por ciento. Adicionalmente, el subempleo tuvo un salto superior al 6 por ciento, con lo cual se puede asegurar que la calidad del empleo experimentó un nuevo deterioro.
Lo ocurrido tiene su epicentro en las principales capitales. Los datos de las 13 áreas metropolitanas más grandes revelan que la desocupación pasó del 10,2 al 10,7 por ciento, un empeoramiento que había empezado a notarse desde finales del semestre pasado, pero que se agudizó en septiembre.
Ciudades como Bogotá, Medellín, Barranquilla y Cartagena tienen ahora tasas de desempleo mayores que en el segundo trimestre.
A la hora de buscar culpables, hay uno solo: la desaceleración que ha venido experimentando la economía colombiana y que parece haberse agudizado en los últimos tiempos.
Esta se ha notado en el comercio, si bien la salud de la demanda interna todavía se califica como buena. En otros ramos el parte es más preocupante. Los datos de la industria muestran un estancamiento que incide en el ritmo de las contrataciones.
La mala hora del sector manufacturero no es exclusiva del país.
En las más diversas latitudes, se observa un frenazo en la actividad fabril por cuenta de la crisis europea, el mediocre avance de Estados Unidos y la ralentización de China.
La combinación de esos factores ha incidido en una muy pobre evolución del comercio internacional y en mayor competencia por los pedidos que escasean.
También hay inquietudes sobre la actividad edificadora, que en el caso del Distrito Capital ha tenido una merma.
Según el ministro de Vivienda, Germán Vargas, en Bogotá se habían perdido 43.000 empleos hasta agosto, por cuenta de las señales enviadas por la administración Petro, que han desestimulado el comienzo de nuevas obras.
Tales circunstancias obligan a la toma de acciones. Por el lado de los mandatarios locales, es necesario aceptar que hay un problema y estudiar las medidas que se pueden adoptar a nivel municipal.
Y en lo que hace al Gobierno Nacional, es importante insistir en que la ejecución de la inversión pública tiene que ganar velocidad, para que actúe de forma contracíclica.
Lo anterior no se opone al objetivo de mirar con detenimiento lo que pasa con la industria. Desde hace tiempo, es sabido que la apreciación del peso le ha pasado su factura a un buen número de ramos, sobre todo los que deben conquistar mercados externos o enfrentar la llegada de bienes importados.
Sin desconocer que hay en marcha un programa para mejorar la competitividad de las manufacturas colombianas, vale la pena evaluar mecanismos como intensificar la lucha contra la competencia desleal o el contrabando.
De lo contrario, existe el peligro que el deterioro del mercado laboral siga, algo que resultaría ser totalmente inconveniente.
Ricardo Ávila Pinto
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