Dime en qué ciudad vives…

EXDIRECTOR DE PORTAFOLIOActualizado:
Los rankings son una interesante, pero incompleta herramienta para analizar tendencias socioeconómicas y realidades políticas.
Aunque arbitrarios en sus categorías, y muchas veces bautizados de forma rimbombante, estos listados ayudan a empaquetar variada información sobre un país, un sector o industria.
Cubren desde el desarrollo humano y el PIB hasta las libertades políticas, pasando por los estados ‘fallidos’, el precio de la hamburguesa y las ventajas de ser mujer o madre.
Países, empresas e incluso ciudades son frecuentes unidades de análisis de estos top ten de la prensa económica.
Precisamente, estas últimas, las zonas urbanas, han sido protagonistas recientes en informes globales que las comparan, clasifican y ordenan en sus más variadas características.
Más allá de las tradicionales mediciones de crecimiento económico, infraestructura, costo de vida y presencia de multinacionales, en los últimos años han surgido nuevos índices, cuyo diseño trata de capturar otro tipo de fenómenos metropolitanos.
Hoy, no se puede comprender la ciudad contemporánea sin incluir aspectos como la contaminación ambiental, la proporción de zonas verdes, el acceso a ofertas culturales, el estado de la innovación y la creatividad, así como la calidad de las instituciones educativas.
Por ejemplo, The Economist publicó hace poco dos reportes sobre las ‘mejores ciudades para vivir’ y los centros urbanos ‘más competitivos globalmente’.
Para construir el índice de competitividad, los analistas de la prestigiosa publicación abarcan una amplia gama de 31 indicadores, que incorporan conceptos conocidos como el producto per cápita y nuevos abordajes como el nivel de ‘vibrancia’ cultural que se mide, entre otros, por la gastronomía, las ferias de libros y el número de tanques de pensamiento.
En estas evaluaciones económicas, siguen reinando los colosos metropolitanos de siempre: Nueva York y Londres.
En cuanto a la calidad de vida urbana, estas listas clasifican a las ciudades del mundo por una combinación de infraestructura física, ordenamiento espacial, educación, cultura y condiciones medioambientales.
No sorprende, entonces, que no sean esas grandes aglomeraciones las que lideren el ‘buen vivir’, sino ciudades medianas y más ‘amigables’ como la australiana Melbourne, la canadiense Toronto y las capitales europeas Viena y Helsinki.
Además de la calidad de vida y la competitividad, los rankings urbanos cubren, asimismo, ‘las mejores para hacer negocios’, ‘las más creativas’, las ‘más innovadoras’, las ‘más digitales’, las ‘más verdes’, y hasta las más ‘peatonalizadas’.
Sobra decir que solo en un puñado de categorías, algunas urbes latinoamericanas se destacan. Con unas contadas excepciones, lo que las metrópolis de la región ganan en dinamismo económico y capital humano lo pierden en infraestructura de transporte, zonas verdes y espacios públicos y, quién lo diría, grado de actividad, y oferta cultural y recreativa.
Bogotá, por ejemplo, ha venido experimentando un preocupante estancamiento en comparación con ciudades similares como Lima y Santiago de Chile.
En ambos informes, la capital del país es superada por ambas. En el registro de América Economía del año pasado, Bogotá ocupó el octavo lugar detrás de Panamá.
El aporte más útil de estos cotejos internacionales es la posibilidad de mirar hacia los lados y constatar cómo otras ciudades parecidas a las nuestras están resolviendo mejor los retos del espacio público, el dinamismo económico o la atracción de inversiones.
A diferencia de los debates económicos nacionales, las políticas urbanas incorporan otros elementos geográficos, espaciales, culturales y medioambientales que merecen una mayor atención de parte de los gobernantes locales.
No solo las alcaldías de Bogotá y Medellín, sino las del resto de ciudades grandes e intermedias del país deben entender que la vida urbana va más allá de un trabajo, una casa y un bus de servicio público.
Ricardo Ávila Pinto
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