Una dosis de realismo
EXDIRECTOR DE PORTAFOLIOActualizado:
Dos hechos de sangre ocurridos en días recientes han impresionado a la opinión en Colombia.
El primero tuvo lugar en Cali el pasado viernes, cuando un grupo de pistoleros ingresó a un bar y asesinó a ocho personas, en lo que las autoridades calificaron como un ajuste de cuentas entre bandas dedicadas al microtráfico de estupefacientes. El segundo ocurrió en Bogotá, en donde un habitante de la localidad de Bosa mató a cuatro integrantes de su familia tras un ataque de celos.
La crueldad de ambos episodios demuestra una vez más que el país sigue teniendo un problema en esta materia, a pesar de los esfuerzos hechos los años pasados. Es verdad que ya no somos la nación más violenta del mundo, pero todavía estamos en el poco honroso grupo de las diez de peor desempeño.
Así lo comprueban las estadísticas del Banco Mundial. Según la entidad multilateral, la tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes asciende, en nuestro caso, a 33,4, mientras que el promedio global es de 5,7. En América Latina nos superan Honduras, Guatemala, El Salvador y Venezuela, en tanto que en África lo hacen Costa de Marfil, Malawi, Uganda y Zambia.
Ante esa realidad, es indudable que hay que persistir con las estrategias que tuvieron éxito en el ámbito local. De tal manera, lo conseguido en el Distrito Capital es notable, como también llama la atención la mejoría de Medellín, entre otros casos.
En cambio, las autoridades caleñas no han logrado revertir la tendencia. Hasta finales de octubre se habían contabilizado 1.677 muertes violentas en la ciudad, de las cuales el 89 por ciento fueron cometidas con un arma de fuego.
Por increíble que parezca, una de las pistolas utilizadas en la masacre del fin de semana anterior, había sido incautada en tres ocasiones anteriores y aun así volvió a circular en la calle.
Pero más allá de los pormenores de dicho caso, el mensaje de fondo es que el país necesitará mantener la presión en este campo si quiere consolidar los avances realizados en el presente siglo. La reflexión es totalmente válida, a raíz de la oleada de entusiasmo que ha rodeado el anuncio de que el segundo tema de los cinco que componen la agenda de conversaciones con las Farc, ya fue resuelto. Sin lugar a dudas, conseguir una solución negociada al conflicto es la salida ideal para la sociedad colombiana.
En tal sentido, vale la pena apoyar el diálogo que adelanta la administración Santos en la capital cubana. No obstante, también es importante aproximarse al tema con una buena dosis de realismo, pues muchos de los problemas nacionales no se van a solucionar si se firma la paz.
En el caso concreto del homicidio, es obligatorio recordar que menos del 10 por ciento de los casi 14.000 anuales que se contabilizan, son imputables a la confrontación con la guerrilla. De hecho, tanto las actividades criminales como los actos de intolerancia son los responsables de la gran mayoría de la sangre derramada.
Debido a ello, quienes pronostican que la tajada del presupuesto nacional que hoy se destina a la seguridad se va a reducir cuando las Farc decidan entregar sus armas y cambiar balas por votos, están equivocados.
No solo existe el peligro de que parte de los excombatientes se mantengan en actividades criminales, sino que contener el azote del delito en las ciudades necesita de mayores herramientas.
El propio Juan Manuel Santos ha insistido en que la Policía debería tener 220.00 efectivos, 40.000 mil más que ahora. Ampliar el pie de fuerza podrá financiarse en parte con una recomposición de las Fuerzas Armadas, pero las presiones en favor de mayores gastos estarán presentes, para no hablar de las necesarias mejoras en la justicia con el propósito de combatir la impunidad.
Solo así, podremos dejar de ser un país violento, pero ese es un objetivo que demandará tiempo, recursos y la voluntad de varios gobiernos.
Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
Twitter: @ravilapinto
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