Falta un largo trecho

El Banco Mundial dice que 1.500 millones personas sufren la violencia criminal.

EXDIRECTOR DE PORTAFOLIOActualizado:
 
Puede parecer extraño que una entidad que tiene como fin impulsar el desarrollo de los países y combatir la pobreza en el planeta se ocupe de la violencia criminal, pero eso es lo que viene de hacer el Banco Mundial en su más reciente informe. La razón del interés de la institución multilateral en el tema tiene justificación.
Según el estudio, 1.500 millones de personas viven en naciones afectadas por este flagelo, cuya incidencia ayuda a perpetuar situaciones de miseria y atraso. Y eso no es todo. Los datos más recientes muestran que hay un preocupante deterioro en diversas partes de América Latina.
Si bien las noticias más llamativas provienen de México, en donde las masacres o los enfrentamientos entre bandas armadas y cuerpos policiales son ocurrencia diaria, el ejemplo más inquietante es el de Centroamérica. La presencia de unas 900 pandillas con cerca de 70 mil integrantes, conocidas como ‘Maras, se ha convertido en un elemento muy serio que atenta contra la supervivencia de Estados que son frágiles y pueden ser permeados por el narcotráfico.  Para sólo citar un par de casos, en El Salvador el número de asesinatos ha subido constantemente y está más de 100 por ciento por encima de los niveles registrados a finales de la guerra civil.
En Guatemala, a su vez, el costo de la violencia habría llegado al 7 por ciento de su Producto Interno Bruto en el 2005, más de dos veces el presupuesto combinado de las áreas de educación, salud y agricultura.
Desafíos de índole similar tienen lugar en otras partes del globo. Tanto en África como Asia se han encendido las luces de alerta ante el deterioro de diversos indicadores. En algunas circunstancias, como la de los piratas somalíes que han asaltado decenas de embarcaciones en el Océano Índico, las principales potencias responden militarmente.
Pero en la mayoría los retrocesos se ignoran hasta que es demasiado tarde.  Parte de la explicación tiene que ver con que los desafíos de seguridad no encajan con la visión tradicional del siglo XX. De tal manera, entidades como las Naciones Unidas, que nacieron para promover el entendimiento entre los países y evitar las guerras fronterizas, no cuentan con las herramientas para enfrentar los retos de la criminalidad actual.
Dicho de otra manera, las muertes por conflictos internos o externos han descendido radicalmente en el planeta, pero los asesinatos tienden a aumentar. Combatir ese flagelo es fundamental. No sólo se trata de mejorar la calidad de vida de las personas, sino de romper un círculo vicioso que aleja la inversión y estimula que haya más pobreza.
Para hacerlo, el remedio más indicado es aprender de los demás, pues en medio del deterioro hay casos de éxito que llaman la atención. Así ocurre con Colombia, que fue capaz de disminuir radicalmente el número de homicidios registrados en lo que va del siglo. No obstante, el Banco Mundial señala que han existido retrocesos, principalmente porque las reformas se concentraron en aumentar el pie de fuerza, mientras que el cambio en la justicia no anduvo al mismo ritmo.  Ese mensaje debería ser escuchado justo ahora que el deterioro en la seguridad ocupa los primeros lugares en las encuestas hechas entre la ciudadanía. Y es que así como el país tiene algo que enseñar en este tema, también tiene mucho que aprender, ya que el principal error es creer que se ha llegado a un buen puerto cuando falta trecho por recorrer. 
Esa necesidad es todavía más apremiante a la luz de las tensiones al interior de las Fuerzas Militares que develan falta de coordinación en una lucha que debe ser constante y tiene que darse tanto en el campo como en la ciudad, frente a enemigos de diversa índole que se crecen cuando aparecen grietas al interior del Estado.
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