Hablar de reformas

EXDIRECTOR DE PORTAFOLIOActualizado:
No han pasado desapercibidas las palabras dichas por Juan Manuel Santos en la entrevista que le concedió a El Tiempo el martes pasado. Al ser interrogado sobre la opción de no presentar las reformas tributaria y de pensiones anunciadas para este semestre, debido al empeoramiento del clima político, el mandatario responde: “si el Congreso está en una actitud hostil, espero que no sea así, pues tendríamos que contemplar esa posibilidad”.
Dicho escenario es inquietante.
Sin haber cumplido la mitad de su periodo de Gobierno, el actual inquilino de la Casa de Nariño estaría renunciando a meterle la mano a dos temas en los cuales el país no se puede conformar con el statu quo.
Aunque se dice que se trata de esperar un rato mientras los vientos huracanados amainan, quienes saben de estas cosas sostienen que a medida que comience la cuenta regresiva, con miras a las elecciones del 2014, el Capitolio perderá el ánimo de meterse en temas polémicos.
Y los mencionados lo son. En lo que hace a los impuestos, es conocido que el Ministerio de Hacienda viene trabajando en una propuesta que consiste en reescribir el actual estatuto tributario, con el fin de establecer un esquema más equitativo.
Junto a la intención de no aumentar la carga fiscal, es claro el interés de redistribuirla entre los contribuyentes, cerrando los boquetes que promueven la evasión y los beneficios particulares.
Ninguna iniciativa en este sentido tiene su suerte asegurada y menos aún una que prometa ser ambiciosa.
Pero la tan mentada reforma estructural es necesaria en Colombia, si se trata de construir una sociedad más equitativa, que promueva la competitividad y el desarrollo empresarial.
Resignarse a convivir con la colcha de retazos actual sería perder una oportunidad, justo cuando el viento sopla a favor de la economía nacional y están dadas, en parte, las condiciones para que aumente la inversión.
Dicho lo anterior, cuando finalmente exista un borrador definitivo, habrá que pasarlo por el tamiz de la realidad.
En el momento en que ello ocurra –ojalá pronto–, sería adecuado recordar aquel refrán que dice que “lo mejor es enemigo de lo bueno”, ya que de lo que se trata es que la píldora sea digerible. Pero una cosa es recortar aquí o allá y otra entregar las banderas sin haber dado la batalla.
Con las pensiones sucede algo similar.
No se necesita ser un experto en estos asuntos para darse cuenta de que un sistema que tiene un saldo en rojo que supera los 24 billones de pesos y que beneficia primordialmente a los jubilados de altos ingresos, tiene fallas estructurales serias.
Tantas, que el propio Gobierno considera que Colombia dejaría de ser uno de los países más desiguales del mundo si tomara correctivos en la materia.
Cualquier debate al respecto también será difícil, especialmente porque se trata de tocar privilegios que valen mucho dinero.
Pero es necesario tener una discusión franca, pues de lo contrario será imposible garantizarles una vejez digna a millones de colombianos.
En consecuencia, no se debe posponer el objetivo de diseñar un sistema sostenible financieramente y que reconozca el aumento en la esperanza de vida de la población.
De lo contrario, pocos seguirán apoyados en la espalda de muchos.
Frente a tales planteamientos, resuenan los argumentos que afirman que el palo no está para cucharas.
Las tensiones al interior de la Unidad Nacional harían imposible convencer a la Cámara y el Senado de debatir con juicio estos temas, para no hablar de someterlos a votación.
Sin embargo, lo peor que puede hacer el Ejecutivo es enconcharse y abandonar su agenda propositiva.
Por tal motivo, no le queda más remedio que tender puentes, aprender de los errores del pasado y pedirle al Congreso que haga su labor, consistente en analizar y discutir los proyectos de ley radicados. Evidentemente, no hay garantía del éxito. Pero si no se hace nada, si la habrá del fracaso.
Ricardo Ávila Pinto
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