Un invitado a cenar
EXDIRECTOR DE PORTAFOLIOActualizado:
No es usual que una visita al país del jefe de Estado de un país amigo se maneje con tanto sigilo. Pero eso es lo que sucede con la llegada a Cartagena del presidente de Panamá, Ricardo Martinelli, quien estará en la Casa de Huéspedes Ilustres hoy en la noche, atendiendo una invitación de su homólogo, Juan Manuel Santos. No existe una declaración pública que explique las razones del viaje, pero con seguridad que este no tiene que ver con celebrarle el cumpleaños al mandatario colombiano, en vísperas de que llegue a los 62 años de edad.
No obstante, la Casa de Nariño sí espera que el inquilino del Palacio de las Garzas llegue, si no con un regalo, al menos con una actitud abierta para tratar temas espinosos que se han vuelto irritantes en el manejo de la relación bilateral. Aunque en los últimos años los estrechos vínculos que unen a ambas naciones desde siempre parecen haberse hecho más cercanos por cuenta de las millonarias inversiones hechas por empresas colombianas de todo tipo en el istmo, no faltan las quejas de lado y lado.
Para comenzar, los panameños resienten la norma que impuso un arancel específico a las importaciones de calzado, textiles y confecciones. A pesar de que los gravámenes son de orden genérico, los grandes afectados son los comerciantes del puerto libre de Colón, cuyas bodegas sirven de punto de paso a los productos de bajo costo que vienen de China, Vietnam o Indonesia.
El asunto ha sido motivo de encono desde hace rato, si bien empeoró al comenzar el 2013. Incluso la administración Uribe tomó medidas que le merecieron a Colombia una censura en la Organización Mundial de Comercio. Pero aun así, Bogotá alega que las ventas que se hacen desde esa parte de Panamá carecen de transparencia. Hay evidencia sobre el envío de mercancía de contrabando desde el país vecino, ya sea a los ‘sanandresitos’ de varias ciudades o al ‘hueco’ en Medellín, en donde se ve la mano del lavado de dólares y las bandas criminales.
Ante las peticiones para que Colombia dé un paso atrás, la respuesta debería concentrarse en que una cosa es una política adoptada para salvaguardar a ciertos sectores industriales y otra la necesidad de que las autoridades panameñas se comprometan con mecanismos para evitar actividades de corte delictivo. Dicho de otra manera, no se trata de meter en el mismo saco a exportadores panameños de buena y mala calaña, sino de separar oro y escoria.
Y ya que se menciona el tema, Santos debe pedirle a Martinelli su apoyo para que los dos gobiernos firmen un acuerdo de intercambio de información para fines tributarios, similares a los que Panamá tiene con Estados Unidos, Francia, México o Ecuador. Es verdad que en el pasado la Cancillería colombiana se ha resistido a que el istmo sea incluido en la categoría de paraíso fiscal, pues tal declaratoria se vería agresiva. Y también lo es que ningún intento serio contra la evasión tendrá éxito, si no hay un mecanismo para que la nación vecina coopere en este frente.
Conseguir un avance en ese campo requiere de mucho tacto y diplomacia. Sin embargo, el mandatario panameño tiene que entender que las cosas están cambiando y que la presión en contra de países que albergan capitales foráneos sin hacer preguntas o permiten la conformación de sociedades desde las cuales se arman triquiñuelas aumentará. Así lo dejó en claro la reciente cumbre del G-8, en donde el tema se mencionó con nombre y apellido.
Si tales obstáculos se superan, ambas capitales saldrán ganando. En concreto, Colombia podrá cauterizar una vena rota y Panamá podrá formar parte de la Alianza del Pacífico, consolidándose como un territorio con un inmenso futuro gracias a la expansión del Canal y a una economía que crece muy rápido, basada en los servicios. Pero ese esquema solo será sostenible si tiene como base la legalidad, un punto sobre el cual habrá que insistir en la sobremesa de esta noche.
Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
Twitter: @ravilapinto
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