La pandemia y el Leviatán
La lucha contra el coronavirus ha expandido la intervención del Estado, tanto en la economía y los negocios como en otras áreas de la sociedad.
Uno de los efectos más visibles y globales de la lucha contra el coronavirus ha sido la decisión de los gobiernos alrededor del mundo de extender la intervención estatal, tanto en la economía como en otras áreas de la vida en sociedad.
No hay discusión en que la naturaleza de la pandemia amerita la reacción más agresiva y decidida de los Estados: un virus que se tomó el mundo en menos de seis meses, con más de 5,6 millones de casos y de 344 mil muertes en 200 países.
Los gobiernos del planeta han tomado decisiones en una amplia gama de áreas de política pública y han ejercido su inmensa capacidad de regulación social y movilización de recursos humanos, logísticos y monetarios.
Han confinado a casi la mitad de la Humanidad en sus casas por meses. Han cerrado la mayoría de las actividades y sectores económicos.
Han solicitado y ejercicios poderes de emergencia sin mayores contrapesos en los Congresos y los jueces. Han implementado tecnologías y aplicaciones para recoger información sanitaria de los ciudadanos, para ampliar la geolocalización de los ciudadanos y para rastrear y ubicar potenciales contagiados, que ya están despertando inquietudes.
En materia económica, casi todos los ejecutivos han redireccionado recursos hacia los sectores claves para enfrentar la pandemia como el de la salud pública. Han desplegado billonarios planes de estímulo fiscal -incluyendo a los más importantes bancos centrales- que superan de lejos la respuesta a la crisis financiera de 2008.
Han lanzado rescates a sectores específicos como el aéreo, intervenido los contratos laborales y comerciales y los arriendos, y pagado subsidios, salarios e impuesto medidas de ‘solidaridad’.
Las preocupaciones sobre el uso de la pandemia como excusa para frenar las libertades, suprimir los Derechos Humanos, ampliar la corrupción y minar los cimientos del sistema democrático se extienden, como los poderes estatales, por todo el mundo: desde El Salvador hasta Rusia y Estados Unidos.
La otra cara de la moneda en este debate es la recepción positiva de muchos ciudadanos a esa intromisión del aparato estatal en la salud, el hogar, la higiene, los negocios, los salarios y la vida familiar. En especial en países como Colombia, donde la queja de la ausencia del Estado es permanente y con fuertes raíces históricas.
Con todas las limitaciones y abusos conceptuales de tomar un concepto de filosofía política de hace 370 años y aplicarlo al siglo XXI, este robustecimiento de la intervención estatal global, “la más dramática desde la Segunda Guerra Mundial” de acuerdo a The Economist, está volviendo otra vez de moda al ‘Leviatán’ del filósofo inglés Thomas Hobbes.
Pero si entendemos la figura como ese gigante imaginado al que los seres humanos nos arrimamos para buscar la protección de la vida y al que se obedece por esa garantía y la de la paz, la actitud de muchos gobiernos del mundo no se aleja de ese intercambio.
Si bien la debilidad estructural del Estado colombiano hace que la mayoría de los ciudadanos pidan más y no menos intervención, son válidas las preguntas de qué tan conveniente es ese despliegue sobre la economía y cuánto costará mantenerlo a futuro.
También es cierto que la crisis de la pandemia podría abrir la oportunidad para que el Estado colombiano se fortalezca y expanda en áreas como la lucha contra la pobreza, la salud pública y la protección laboral.
Genera preocupación, de todas maneras, que al Gobierno Nacional y las administraciones locales les quede gustando el poder de definir qué empresas y sectores pueden operar y bajo qué condiciones.
Francisco Miranda Hamburger
framir@portafolio.co
Twitter: @pachomiranda
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