La lucha continúa
EXDIRECTOR DE PORTAFOLIOActualizado:
Son varias las conclusiones que se derivan del reporte del Dane, según el cual los índices de pobreza e indigencia –medidos por el nivel de ingreso monetario de los hogares– volvieron a caer en Colombia en el 2011.
La primera, es que el país completa una década de reducciones en este campo, que se parece a lo visto en otras naciones de América Latina.
Tanto el crecimiento de las economías de la región, pero sobre todo la mejora en los indicadores de empleo, han sido fundamentales para que mejore de forma contundente la situación social del hemisferio.
A lo anterior hay que agregar la presencia de estrategias dirigidas hacia los grupos más vulnerables.
Tal vez, la más conocida es el uso de las transferencias condicionadas a través de programas que, como Familias en Acción, les entregan un estipendio mensual a los hogares, a cambio de que estos cumplan una serie de requisitos, relacionados en particular, con la educación de los hijos.
No obstante, organismos como la Cepal insisten en que el mayor impacto se logra con el buen funcionamiento del mercado laboral. Así, tres cuartas partes de la disminución de la pobreza en Latinoamérica son atribuibles a que la población ocupada ha llegado a máximos históricos, con un nivel de desempleo promedio del 6,2 por ciento, de acuerdo con cálculos de la OIT.
Dicho análisis es fundamental para entender las abismales diferencias regionales que hay en el país. Bogotá, que tiene la tasa de participación más alta, registra una proporción de pobres que es una quinta parte de la del Chocó.
Y en lo que hace a la miseria, la del Cauca supera 17 veces a la de la capital de la República.
En respuesta, alguien podría señalar que los atrasos sociales más evidentes son los que afectan a afrocolombianos e indígenas. También es notorio que se trata de departamentos con una mayor proporción de población rural que urbana, aparte de tener serios problemas de orden público por la presencia de organizaciones ilegales en sus respectivos territorios.
Pero más allá de esa explicación, lo que es inquietante es registrar que mientras otros territorios hicieron avances importantes, estos no.
Por ejemplo, desde el 2002, la pobreza en La Guajira cayó cerca de diez puntos porcentuales, mientras que en Sucre lo hizo en 16. Nariño, a su vez, vio descender el índice en 15 puntos, al tiempo que Huila lo hizo en 21 y Boyacá en más de 27.
Semejantes discrepancias deberían ser utilizadas por los analistas para entender qué funciona en forma apropiada.
Puesto de otra manera, no basta con congratularse al mostrar que la pobreza en Colombia llegó al 34,1 por ciento en el 2011 o que la miseria fue del 10,6 por ciento. También hay que comprender por qué ciertos territorios parecen condenados al atraso, mientras otros se han beneficiado del impulso que lleva una economía mucho más vigorosa que la que existía al comenzar el siglo.
Un elemento adicional que no se puede pasar por alto es el de la desigualdad.
De acuerdo con lo reportado por el Dane, el coeficiente de Gini, que mide la concentración del ingreso –siendo uno el valor más alto posible– pasó de 0,572 en el 2002 a 0,548 el año antepasado.
Esa reducción sirve para sacar al país de la poca honrosa categoría de ser una de las sociedades menos equitativas de la región, pero no está de más recordar que aún nos encontramos a años luz de Europa o, para hablar de naciones cercanas, de Uruguay.
Por tal motivo, aunque hay razones para celebrar lo sucedido, la fiesta todavía no se justifica.
Seguimos con niveles de pobreza por encima del promedio latinoamericano y con departamentos en los cuales el atraso equivale al que se ve en ciertas zonas de África o Asia.
Debido a ello, hay que aplicarse en una tarea que para ser exitosa requiere persistencia y, sobre todo, más empleos decentes, todavía la mejor fórmula para ganarle la batalla a la miseria.
Ricardo Ávila Pinto
Ponte al dia.