En manos de la China
EXDIRECTOR DE PORTAFOLIOActualizado:
El turno fue para Alemania. Tal como lo venían pronosticando diferentes observadores, ayer los reportes revelaron que la economía más poderosa de la Unión Europea también se encuentra en una senda de desaceleración que plantea nuevos y serios interrogantes hacia el futuro.
El decepcionante desempeño germano se suma a las señales provenientes de otros puntos del Viejo Continente y del propio Estados Unidos, en el sentido de que hay síntomas de estancamiento en el mundo desarrollado.
Debido a ello, sube el número de quienes creen que una nueva recesión global no sólo es factible, sino inminente.
No obstante, aun los más pesimistas reconocen que en dicha ecuación hay una variable fundamental: la de China.
El motivo es que la nación más populosa del planeta es clave no sólo para garantizarle la tranquilidad al sudeste asiático, sino para asegurar que los países emergentes miren las cosas con mayor tranquilidad.
Al fin de cuentas, se trata de la segunda economía más grande de todas, así como de la número uno en exportaciones y la que ocupa el tercer puesto en materia de importaciones, buena parte de ellas concentradas en materia primas.
En la lista de compras de los chinos se encuentran productos minerales como cobre, carbón, petróleo o níquel, aparte de alimentos como la soya. Puesto de otra manera, un tropiezo al otro lado del Pacífico le complicaría la vida a muchos, comenzando por América Latina.
“No se trata tan solo de que nos compre cosas, sino el precio al que nos compra las cosas”, viene de señalar Augusto De la Torre, economista jefe del Banco Mundial para la región.
Por tal motivo, hay quienes desde hace meses estudian con particular cuidado las noticias provenientes de Pekín.
A primera vista, no hay mucho de qué preocuparse. Hace unas semanas se supo que el Producto Interno Bruto de China tuvo un incremento de 9,5 por ciento en el segundo trimestre del 2011, el mismo ritmo de las tres mediciones previas.
Ese guarismo duplica el promedio mundial y hace pensar que las transformaciones continuarán en una sociedad que ha sacado a 600 millones de personas de la pobreza en menos de un cuarto de siglo.
Además, los datos correspondientes a julio son suficientes para producir envidia en cualquier latitud.
Así, la actividad manufacturera tuvo un alza del 14 por ciento, mientras que las ventas al detal avanzaron 17,2 por ciento. Al mismo tiempo las exportaciones en ese mes subieron 20,4 por ciento y alcanzaron los 175.128 millones de dólares, con lo cual el superávit comercial ascendió a 31.480 millones de dólares.
Sin duda, el lunar más grande fue la inflación que llegó al 6,5 por ciento anual, el punto más alto en más de tres años.
Es precisamente el tema de los precios el que desvela a las autoridades económicas chinas. A sabiendas de que el descontento popular a la hora de hacer compras puede afectar el prestigio del régimen comunista, se han ensayado diferentes recetas orientadas para enfriar un poco el consumo y moderar la euforia de otros tiempos.
Aparte de ello, hay conciencia de que el auge en el crédito, las obras públicas o los edificios de oficinas no puede continuar para siempre, por lo cual se le han apretado las clavijas al sector bancario.
El lío es que eso de tensar cuerdas aquí y afinarlas allá es más difícil de lo que parece y todavía no es claro si la redistribución de las cargas es exitosa.
Mientras la incógnita se resuelve, la esperanza es que se produzca un aterrizaje suave, según los parámetros de la nación oriental. Ello quiere decir que el crecimiento disminuya al 9 por ciento –pero no menos que eso–, una cifra suficiente para evitar que el desempleo suba y que algunas de las burbujas que han surgido se desinflen.
Mantener el equilibrio no es fácil, pero en el pasado China ha sorprendido positivamente a los más escépticos. Ojalá en esta oportunidad, ocurra lo mismo.
Ponte al dia.