Bien, a pesar de todo

EXDIRECTOR DE PORTAFOLIOActualizado:
 
En los últimos días diferentes analistas han manifestado preocupaciones sobre la marcha de la economía colombiana en el 2012.
Dichas inquietudes están directamente relacionadas con lo que sucede en el contexto internacional, cuyas perspectivas son cada vez más oscuras por cuenta de la crisis europea, que amenaza con contagiar a un número mayor de naciones, incluyendo Italia, España y, para algunos, Francia y Bélgica.
De tal manera, si hasta hace poco las apuestas sobre el crecimiento del Producto Interno Bruto estaban por encima del 5 por ciento anual, hoy se encuentran por debajo de esa cifra.
La principal razón es una eventual descolgada tanto en las cotizaciones de las materias primas que exporta el país como en las cantidades que vende al exterior. Así ocurrió hace tres años y en esta ocasión la historia podría repetirse.
Esa percepción puede sonar sorprendente a la luz de la realidad actual. De hecho, un cúmulo de señales sugiere que la actividad económica avanza a un ritmo vigoroso. Según el Banco de la República, el PIB del tercer trimestre habría andado a un paso de entre 6 y 7 por ciento anual, que es un guarismo que genera envidia en muchas latitudes. Incluso entre octubre y diciembre las cosas pintan bien, aunque indicadores como las ventas de autos empiezan a mostrar enfriamiento.
No obstante, en otros campos el viento todavía sopla con mucha fuerza.
De tal manera, en la pasada reunión de la junta directiva del Emisor el tema central de debate no fue examinar posibles estímulos en caso de que la tormenta global nos afecte, sino la necesidad eventual de enfriar un poco la demanda interna con el fin de moderar las presiones inflacionarias.
Entre los integrantes de dicho cuerpo aparecieron posiciones divergentes que muestran que no hay consenso sobre la necesidad de dejar las cosas como están, así los que apoyan tal postura sean hoy mayoría.
En particular, hay comportamientos de ciertos agregados que ocasionan más de un ceño fruncido.
El caso más extremo es el de los índices de precios de la vivienda nueva y usada, que llegaron a máximos históricos y que no parecen dar muestras de detenerse. Como es de imaginar, la sola mención de una posible burbuja inmobiliaria causa escalofríos entre los analistas, no sólo porque tiene mucho que ver con lo que ocurre actualmente en el mundo, sino por las secuelas que dejó la debacle a finales del siglo pasado en Colombia.
En consecuencia, lo que sugiere la ortodoxia es subir las tasas de interés, pero como el palo no está para cucharas, la actitud ha sido la de esperar a que el confuso panorama se aclare.
A pesar de la impaciencia que a veces genera el no hacer nada, esa probablemente sea la posición correcta. El motivo es que las más recientes mediciones sobre el ánimo de consumidores y empresarios muestran un deterioro en las expectativas que no debería tomarse a la ligera.
Dicho empeoramiento puede llevar a que se pospongan decisiones de compra o inversión, así sea en forma temporal.
Ese cambio de actitud puede explicar que disminuya un poco el apetito por cierto tipo de activos, ya sean reales o financieros, como les ha ocurrido a varias de las emisiones de acciones que han sido recibidas con el mismo apetito de antes.
Todo lo anterior no quiere decir que existan verdaderos motivos de alarma. Aun si se produce la ligera corrección que muchos desearían, es muy probable que la economía colombiana mantenga una velocidad superior a la de otras de la región. Además, no se puede olvidar que el importante aumento en el gasto público -si se logra mejorar la ejecución de los dineros presupuestados- actúa como una especie de salvavidas que serviría como programa contracíclico. Dicho de otra manera, hay menos entusiasmo ahora frente al de hace unos meses, pero todavía hay fundamentos para mantener el optimismo en el futuro.
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