Una revolución posible
Lo importante es conseguir que el campo colombiano deje de ser el lugar donde prevalecen las mayores tasas de pobreza.
EXDIRECTOR DE PORTAFOLIOActualizado:
A escasas 48 horas de que en Cuba comience la discusión sustantiva entre el Gobierno y las Farc, dentro de las conversaciones que tienen como objetivo la firma de la paz con el grupo guerrillero, vale la pena referirse al primer punto de la agenda. Como es bien sabido, este tiene que ver con el desarrollo agrario, un tema que ha estado en el centro de los debates sobre desigualdad y que forma parte de lo que se conoce como las causas objetivas de la violencia en el país.
En tal sentido, no está de más recordar que Colombia tiene una larga y poco honrosa tradición de despojo forzado de la tierra. Desde la independencia son incontables los ejemplos en los que personas o bandas se hicieron a grandes áreas por la vía de las armas. Así ocurrió en las guerras civiles, como también en la violencia y más recientemente con el auge de los paramilitares, alimentados por el dinero del narcotráfico. Incluso las Farc -que surgieron hace casi medio siglo como un movimiento de autodefensa campesina- replicaron los mismos comportamientos criminales en el sur del país y hoy son dueñas de miles de hectáreas arrancadas a la fuerza de sus legítimos dueños.
Por tal motivo se ha dicho con razón que resolver los temas de propiedad es algo que está atado íntimamente al objetivo de construir una sociedad próspera y pacífica. La discusión, sin embargo, radica en cómo hacerlo.
Mientras de un lado se habla de un proceso en el cual el Estado actúe en forma gradual e incorpore varios elementos como la titulación de baldíos, la compra de predios y la restitución que se deriva de la correcta aplicación de la ley de víctimas y tierras, del otro se busca una fórmula universal en la cual la redistribución se haga casi de un plumazo.
Aunque esta última tiene el conocido ‘tinte revolucionario’ que a algunos les resulta tan atractivo, no necesariamente es la más efectiva. El motivo es que lo importante es conseguir que el campo colombiano deje de ser el lugar donde prevalecen las mayores tasas de pobreza y miseria y se encuentran los índices más altos de necesidades básicas insatisfechas. Puesto de otra manera, lo importante no es repartir parcelas a diestra y siniestra, sino poner en marcha los mecanismos para que la producción aumente y con ella los ingresos de quienes habitan en las áreas rurales.
Un ejemplo de que hacer borrón y cuenta nueva en forma radical no es la salida ideal, se encuentra precisamente en Cuba. Si bien el modelo que en su momento impuso Fidel Castro es citado como un ejemplo a seguir por las Farc, los resultados al cabo de más de medio siglo de revolución distan de ser los ideales, como lo demuestra la escasez persistente de ciertos bienes y la baja productividad que llevó a las autoridades a permitir que los campesinos ganen más si tienen excedentes, aplicando normas de la lógica capitalista.
Dicho lo anterior, es evidente que en el país no se están haciendo bien las cosas. La tasa de crecimiento de la agricultura en lo que va de la década es apenas la mitad de la de toda la economía. En el mismo periodo, Brasil o Perú han dado un llamativo salto, gracias al alza en los precios internacionales de los alimentos que ha potenciado una ampliación de la frontera productiva, en la cual la investigación científica en variedades y semillas ha jugado un rol clave.
Mientras eso ocurre, en el territorio nacional prevalecen malas prácticas y proteccionismos a ultranza que desconocen que no hay una receta general, sino realidades diferentes en las que pueden coexistir varios mundos.
De tal manera, junto a la defensa y modernización del minifundio en las zonas andinas, también hay que impulsar la agricultura extensiva en la altillanura, permitiendo la inversión extranjera. Lo anterior requiere normas, gasto público y reglas de juego claras, además de más redistribución de la tierra. Pero si se consigue la meta de aumentar en 50 por ciento el PIB agropecuario -algo factible- se concretaría una revolución con muchos ganadores.
De tal manera, junto a la defensa y modernización del minifundio en las zonas andinas, también hay que impulsar la agricultura extensiva en la altillanura, permitiendo la inversión extranjera. Lo anterior requiere normas, gasto público y reglas de juego claras, además de más redistribución de la tierra. Pero si se consigue la meta de aumentar en 50 por ciento el PIB agropecuario -algo factible- se concretaría una revolución con muchos ganadores.
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