En busca de un remedio
Los líos de carácter interno que afectan a varias de las potencias, han vuelto a poner en el banquillo de los acusados a la polémica globalización.
Una de las notas predominantes en la reunión del Foro Económico Mundial que se celebra en la población suiza de Davos, es el lamento sobre las ausencias de aquellos que normalmente están presentes en el evento. La falta de suficientes pesos pesados de la política crea una sensación de vacío entre los poderosos del sector privado, así más de medio centenar de presidentes y jefes de gobierno de las más diversas latitudes hayan hecho el trayecto hasta los Alpes.
A pesar de que ayer el secretario de Estado estadounidense, Mike Pompeo, trató de compensar su cancelación de última hora con una conferencia vía satélite, ello no dejó satisfechos a quienes lo querían ver en persona. El cierre parcial del gobierno federal -sin solución a la vista- explicó que los representantes de la nación más poderosa se quedaran en Washington.
Las urgencias locales también forzaron a Emmanuel Macron y a Theresa May a permanecer en sus respectivas capitales. El mandatario francés no ha podido sortear el desafío planteado por los ‘chalecos amarillos’, cada vez más radicales. La Primera Ministra británica tampoco encuentra la salida que le permita espantar el fantasma de un Brexit ‘duro’, nombre de un divorcio a las malas con la Unión Europea.
Podría decirse que en los tres casos mencionados, el villano tras bambalinas es el mismo: la globalización. Para comenzar, Donald Trump jamás habría llegado al poder de no haber convencido a una porción del electorado de su país de que tanta apertura al mundo iba contra la calidad de millones de ciudadanos de Estados Unidos. Más allá de las mentiras utilizadas, el argumento caló entre los votantes que han visto deteriorada su calidad de vida.
Los temores frente a la inmigración sirvieron en el Reino Unido para que los partidarios de un rompimiento con Bruselas decidieran acabar un matrimonio de más de cuatro décadas. Y en Francia, quienes sienten que malviven y temen retroceder más por cuenta de reformas orientadas a mayor competitividad, le echan la culpa a personas y políticas de afuera.
Hay ejemplos adicionales de inconformidad en otras naciones. La inquietud es que la rabia desatada acaba siendo un caldo de cultivo para el populismo, que eventualmente busca el enemigo en otro lado y opta por el proteccionismo. No es la primera vez que algo así pasa. Hace noventa años las principales economías comenzaron a erigir barreras, lo que acabaría plantando las semillas de la Gran Depresión.
Aunque las circunstancias actuales son bien distintas, no faltan las voces de preocupación ante la posibilidad de que la historia se repita. Ese es el motivo por el cual el tema central en Davos es la globalización 4.0, que es una manera de decir que hay que comenzar una cuarta fase que corrija los errores del pasado.
Si bien la diferencia puede parecer retórica, es importante el señalamiento de que es obligatorio distinguir entre globalización y globalismo. Mientras la primera hace referencia a la necesidad de enfrentar de manera coordinada retos comunes como el cambio climático, el segundo consiste en creer que en todas partes debe operar el mismo modelo. Para decirlo de manera más coloquial, el punto es que cada país tiene derecho a matar las pulgas a su antojo.
Adicionalmente, se reconoce que la búsqueda de mayores eficiencias no puede pasar por encima del bienestar de las personas. Políticas inclusivas y sostenibles, mucho más centradas en los seres humanos que en la búsqueda de la eficiencia, son las que se pregonan ahora en el Foro Económico.
Hasta ahí es difícil estar en desacuerdo. La duda es cuál es el lado práctico de la receta. Y esa definición es urgente si se quiere evitar que los radicalismos sean los encargados de enredar todavía más una madeja que está llena de nudos.
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