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EXDIRECTOR DE PORTAFOLIOActualizado:
Cuando hace unos días los analistas hicieron el balance sobre lo sucedido durante el mandato de Hugo Chávez en el plano económico, muchos se refirieron a la buena fortuna que, en su momento, tuvo el líder venezolano al beneficiarse de los precios del petróleo al alza, que en 1999 estaban en 10 dólares por barril.
Esa circunstancia no solo le permitió aumentar el saldo de las exportaciones –a pesar de una caída en la producción de crudo–, sino contar con recursos para financiar sus programas, por cuenta de la bonanza. Guardadas proporciones, a muchos países latinoamericanos les ocurrió algo similar. Ya fuera por cuenta del auge de los hidrocarburos, la soya, el cobre, el mineral de hierro o el carbón, la región tuvo un fuerte viento a favor.
Como si eso fuera poco, la abundante liquidez internacional se tradujo en fondos disponibles y tasas de interés históricamente bajas, que ayudaron a financiar la expansión vivida. El cambio que esas circunstancias produjeron fue notorio.
En comparación con los niveles del 2003, el año pasado el número de pobres había caído en más de 60 millones de personas. Adicionalmente, el tamaño de la economía del subcontinente, medida en dólares ajustados al poder de compra, aumentó en 86 por ciento, mientras que el ingreso por habitante lo hizo en 62 por ciento, según cálculos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Semejante avance es notable, pero la pregunta que se hacen los expertos es si será sostenible.
La razón es que el empuje de los motores ya no es el mismo de antes, sobre todo en lo que hace a las cotizaciones de los productos básicos. Sin desconocer que puede haber saltos puntuales, los más diversos cálculos muestran que en el mejor de los casos no habrá grandes alzas de precios, para no hablar del efecto que puede tener en ciertos segmentos la abundante oferta de gas natural ante el uso de nuevas técnicas para su extracción en Estados Unidos.
Como si esto no fuera suficiente, el entorno global sigue complicado. Aunque los peores escenarios de la crisis no se concretaron, todo indica que Europa tendrá dificultades hasta el final de la presente década, mientras el resto de los países industrializados andarán a un ritmo moderado. De tal manera, la previsión de los expertos es que el crecimiento global será inferior en más de medio punto porcentual al observado entre el 2003 y el 2008.
En lo que hace a Latinoamérica, el BID proyecta que dicho entorno nos puede quitar por encima de un punto porcentual al año. Ante esa situación, la región tiene dos opciones. Una es cruzarse de brazos y esperar que el clima mejore, con lo cual el incremento en el Producto Interno Bruto estaría en el orden del 3,5 al 4 por ciento anual. La otra posibilidad es romper con una serie de cuellos de botella que hoy actúan como frenos al desarrollo.
Si se hace bien la tarea, un documento del BID, dado a conocer el fin de semana pasado en Panamá, sostiene que el crecimiento de América Latina se podría acelerar en 2,3 puntos porcentuales al año. La forma de conseguir ese objetivo es a través de reformas que aumenten la productividad y la competitividad, como las orientadas a mejorar el funcionamiento del mercado laboral o impulsar el ahorro interno y la inversión en infraestructura.
En forma explícita, la entidad multilateral advierte que no hay una fórmula general que se les pueda aplicar a todos los países, sino que cada traje tiene que ser confeccionado a la medida. No obstante, el organismo señala que el progreso regional dependerá de las fuerzas positivas que se desaten internamente y no de las que vienen de afuera.
Por tal razón, aplazar cambios que son necesarios se traducirán en una mejor dinámica. Colombia, que a veces tiene una actitud ambivalente ante las cirugías de fondo, debería tomar nota.
Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
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