Las cuentas claras

Actualizado:
Las cuentas claras y el chocolate espeso: así sentenciaba la sabiduría popular, cuando se daba crédito a las cifras y a la palabra.
Ahora el chocolate se sirve al gusto, pero a veces también las cifras.
Desastres como el de Enron y la posterior crisis desatada por las hipotecas basura han restado confianza en la contabilidad y evidenciado la urgencia de rescatarla.
De ahí la importancia de depurar las prácticas contables y unificarlas a tono con la globalización de la economía. Colombia está a la zaga en ese movimiento y no parece existir certeza de que marcha en la dirección correcta.
Desde tiempos remotos, en la vertiente latina del derecho, la contabilidad se ha usado como mecanismo de control del Estado, antes que herramienta para conocer la situación financiera de las empresas.
Ese sesgo ha otorgado cierta prioridad a los aspectos tributarios, que han contaminado la contabilidad y facilitado la distorsión de sus cifras, con frecuencia por razones impositivas.
Por ello, no se entiende la decisión de dilatar la adopción de los estándares internacionales de contabilidad, ni la insistencia en mantener vivas las normas impositivas que los distorsionan, como propone el proyecto de reforma tributaria, con una evidente preocupación por los recaudos en perjuicio de la realidad económica y financiera.
Se ha venido rumoreando que existe alguna preocupación de los empresarios, porque con las Normas Internacionales de Información Financiera se verían reducidos los patrimonios.
De ser cierta esa versión, habría que admitir que la contabilidad en Colombia no es fiel y que queremos persistir en ese vicio.
Para tranquilidad de los empresarios, del fisco y de la sociedad en general, la contabilidad debe ser una sola, no existe la denominada contabilidad tributaria, ni debe existir.
Si la contabilidad refleja la realidad económica y financiera, lo ideal sería que el impuesto sobre la renta se determine con base en las utilidades comerciales, como ha mencionado Guillermo Perry en algunos de sus trabajos.
Por facilidad, seguridad, equidad, esa sería la mejor opción. De esa manera, se lograría una disminución sustancial de los costos administrativos para la administración tributaria y los contribuyentes, con la ventaja adicional de que se afianzaría el uso y valor de la prueba contable, también para beneficio de todos.
Con información extractada directamente de la contabilidad, se facilitaría el diligenciamiento de las declaraciones tributarias y la fiscalización de las mismas, reduciendo a la vez los riesgos de evasión y corrupción.
Se simplificaría el Estatuto Tributario de manera sustancial, si, además, dentro de ese esquema, se racionalizan las tarifas y se eliminan los tratamientos excepcionales, para que los estímulos indispensables se otorguen de forma directa y transparente. Entonces, se justificaría promover una estabilidad jurídica permanente y duradera, pero para todos los contribuyentes, y tendríamos una administración tributaria más eficiente.
Todo ello sustentado, como es natural, en la confianza en la contabilidad, en los profesionales responsables por su manejo y aseguramiento, y, por supuesto, en los dueños y en los administradores de los negocios, quienes en últimas designan y remueven a los contadores. Son tantas las ventajas, que bien vale la pena intentarlo.
Horacio Ayala Vela
Consultor privado
Temas relacionados

En este portal utilizamos datos de navegación / cookies propias y de terceros para gestionar el portal, elaborar información estadística, optimizar la funcionalidad del sitio y mostrar publicidad relacionada con sus preferencias a través del análisis de la navegación. Si continúa navegando, usted estará aceptando esta utilización. Puede conocer cómo deshabilitarlas u obtener más información aquí