Un modesto niño
El Niño, según las más recientes predicciones, tendría aquí características semejantes a las de un normal verano fuerte.
Al Niño lo zarandean como maraca sin ritmo. Pronto a los pequeños desobedientes los van amenazar no con el Coco, sino con el Niño. El fenómeno atmosférico cobra sonoridad en especial ahora que tiene ministerio propio, doliente con megáfono. El peligro está en desperdiciar recursos en alarmas y activismo mediático.
El aumento de la temperatura en aguas del Pacífico tropical se ha venido dando. Ese es el precursor del fenómeno del Niño, que en territorio colombiano significa sequías severas (en otras latitudes de las Américas se traduce en fuertes lluvias). A pesar del calentamiento, los patrones de circulación atmosférica no se han desplazado como podría esperarse. Son observaciones del centro de predicciones de la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA) e, independientemente, de la Universidad de Columbia. El Niño no se ha formado todavía porque otro fenómeno climático, conocido como la Oscilación Madden-Julian, empuja en dirección contraria y lo neutraliza. Se trata de un núcleo de tormentas de envergadura que migran a través de los trópicos y que ahora se sitúan en el Pacífico Occidental cercano a Indonesia. Su eventual desplazamiento hacia el este, permitiría el desarrollo normal del Niño. A este se le da ahora un 65% de probabilidad de que se forme. Era 90% en diciembre.
Estas demoras en la concreción del clima cuando ya ha pasado un tercio del invierno en el hemisferio norte se traducen en que el Niño, cuando llegue, no provocará quizá grandes sacudimientos del clima. Y aún con el fenómeno en marcha, lo probable es un Niño corto y débil, sin grandes impactos globales.
El Niño, según las más recientes predicciones, tendría aquí características semejantes a las de un normal verano fuerte. Es impreciso y sensacionalista hablar de más de 300 municipios ya afectados por un inexistente Niño. La mala memoria de los funcionarios es proverbial. Resulta que Colombia, país tropical, acusa desde siempre ciclos de lo que aquí se llama invierno y verano, que nada tienen que ver con el Niño. Cualquier costeño o llanero puede dar fe. No hay que confundirse.
Sin aspavientos, lo prudente es aprender a paliar los veranos normales, esos que secan los pastos de las haciendas caribeñas, hasta cuando las lluvias de mayo comienzan a reverdecerlos. Un buen remedio se aplicó a los Llanos del Tolima, que hasta hace apenas 50 años sufrían de sequías veraniegas espantosas y ahora son oro agrícola. No todos los remedios son iguales, en los Llanos orientales los paliativos son sutiles y en la Depresión Momposina poblaciones semianfibias han aprendido a convivir con aguas altas y aguas bajas.
Lo que no se necesita es la corneta del pastorcito, que termina por perder credibilidad. Una política de Estado para mejor adaptar el país a la esquina climática donde la arrinconó la geopolítica sería mucho más efectiva que simplemente esperar calamidades. Estas llegan, aunque no necesariamente mañana, y hay que atenderlas sin estridencias. Mientras tanto, que los titulares sean para los avances en adaptarse al clima y hacer mas productivo lo que se tiene.
Don Sancho Jimeno observaba desde su atalaya en San Luis de Bocachica velas en el horizonte. Era el diario panorama. Sabía que no significaban invasión. Los piratas se conocían desde lejos y era nocivo despistarse con inocentes mercantes.
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