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Alarmas encendidas

Urge que el alto Gobierno coja el toro por los cuernos y adopte medidas urgentes para dejar atrás la crisis.

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Muchos creyeron -empezando por el propio Gobierno- que con la terminación de la ‘operación reglamento’, que durante casi un mes desarrollaron los controladores aéreos en busca de negociar mejores condiciones laborales, la situación del tráfico en los aires colombianos se estabilizaría y recobraría su normalidad. Nada más alejado de la realidad. La semana pasada, ya sin la actividad sindical de los técnicos, los retrasos continuaron e incluso, hubo delicados incidentes entre pasajeros y aerolíneas.
El caso más extremo de todos fue el de los ocupantes de un avión que debía salir a las 8 y media de la noche del jueves de Eldorado con rumbo a Cartagena y que, a pesar de haber embarcado, recibieron la noticia de que el trayecto había sido cancelado. En respuesta, muchos resolvieron dormir en la aeronave, algo nada recomendable por razones de salud y seguridad. Pero fue claro que querían hacer sentir su protesta.
Luego, la opinión fue informada de que en las primeras horas de la noche del jueves, hubo cerca de veinte aviones sobrevolando la entrada a la Sabana de Bogotá, a la espera de un turno para aterrizar, lo cual eleva los niveles de riesgo en el área.
¿Qué es lo que está pasando? La respuesta simple es que las operaciones aéreas se han multiplicado en pocos años. Más aviones, más vuelos, más pasajeros, más carga, más aeronaves privadas, militares y policiales, y todo ello con la misma infraestructura, las mismas deficiencias en radares, los mismos protocolos sin actualizar, son los ingredientes del venenoso plato que tienen que comerse a diario decenas de miles de usuarios del sistema.
Y todo ello ocurre mientras las entidades gubernamentales se muestran absolutamente desbordadas por los hechos. A su incapacidad de prevenir una crisis que estaba cantada hace tiempo, se suma su falta de liderazgo cuando llega el momento de actuar, al menos con paliativos menores, cuando el caos estalla.
Las razones de esta ineficiencia son varias. El cargo de Director de la Aeronáutica Civil hace años que es puramente político, a tal punto que hoy en día y desde hace varios gobiernos, está asignado como cuota al Directorio Conservador. Daría igual que fuera de cualquier otra colectividad, pues el problema no es la filiación partidista del encargado de turno, sino el hecho de que no se trate de un profesional en el tema.
Además, algunos cargos de la Aerocivil han sido tradicionalmente asignados a la Fuerza Aérea y sus encargados cambian, no en virtud de la tarea que desarrollen en la entidad, sino de los movimientos del escalafón de la institución militar.
Como si esto fuera poco, los procesos licitatorios están llenos de problemas e indebidas interferencias. La vigilancia sobre concesionarios de aeropuertos y aerolíneas también es deficiente. Baste como ejemplo que desde hace dos años la Procuraduría General de la Nación produjo un documento que buscaba ser preventivo, y en el cual se advertía sobre la inminencia del actual caos, sin que nada haya pasado. Por su parte, la Iata también hizo propuestas sobre cómo mejorar las operaciones en el cielo bogotano, pero estas no cayeron en terreno fértil.
Ante lo sucedido, lo más fácil sería pedir que rueden cabezas. Pero de nada serviría sustituir a unos por otros si el modelo gerencial del transporte aéreo en Colombia es el que está equivocado.
Por ello mismo, urge que el alto gobierno, con el Presidente y el Ministro de Transporte a la cabeza, cojan el toro por los cuernos y adopten las medidas urgentes que hacen falta para administrar la crisis y, a mediano plazo, superarla. Si no lo hacen, y eso lo comentan pilotos y operadores en voz baja y con enorme preocupación, no sólo puede sobrevenir una asonada de pasajeros en algún aeropuerto, sino algo aún más grave. Las alarmas están encendidas y hay que hacerles caso.
RICARDO ÁVILA PINTO
ricavi@portafolio.co
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