A medida que llega a su fin la temporada de vacaciones y el país empieza a retomar su rutina de trabajo, regresan también a la agenda aquellos temas que quedaron en remojo a finales de diciembre.
En ellos no solo se encuentran las preocupaciones por las finanzas personales, por la coyuntura internacional o por la calidad de la gestión pública en las capitales, sino también asuntos que merecen una mayor atención de las autoridades.
El más importante tiene que ver con la desaceleración de la economía colombiana.
Es conocido que los datos sobre el crecimiento del Producto Interno Bruto en el tercer trimestre del 2012 fueron decepcionantes al dar como resultado un 2,1 por ciento.
Por cuenta de esa situación el acumulado hasta septiembre quedó en 3,9 por ciento, con lo cual es muy dudoso que se cumpla con la meta oficial –revisada a la baja– del 4 por ciento en el año, entre otros motivos porque los datos sobre la marcha de diversas actividades son descorazonadores.
Y aunque se puede afirmar con razón que lo pasado, pasado, la inercia propia del frenazo continúa.
Sin medir los posibles efectos de la reforma tributaria sobre la marcha de sectores específicos, es indudable que la industria no va bien, que el comercio anda regular y que el ramo edificador enfrenta problemas, sobre todo en la sabana de Bogotá, que tiene un peso cercano al 45 por ciento en el total nacional.
Es cierto que la minería parece haber obtenido un segundo aire, como lo comprobaría el repunte en la producción petrolera que hizo posible superar durante algunos días la anhelada meta del millón de barriles diarios de crudo.
Por su parte, el buen clima y la normalidad en el transporte les permitió a las grandes exportadoras de carbón recuperar el terreno perdido y cerrar diciembre con despachos récord.
Lamentablemente, voceros de la actividad ven con preocupación los atentados que ha sufrido recientemente el oleoducto Caño Limón-Coveñas, para no hablar de la incógnita sobre la seguridad, una vez termine el 20 de enero la tregua decretada unilateralmente por las Farc.
La combinación de tales factores puede acabar reflejándose sobre el mercado laboral.
Aunque a primera vista las tasas de desempleo se mantienen en los niveles más bajos de este siglo, una mirada más detallada a los datos revela que la causa es la caída en las tasas de participación que incide en el tamaño de la oferta de mano de obra.
De hecho, la población ocupada en noviembre en el total nacional llegó a 21 millones de personas, 92.000 menos que en igual periodo del 2011.
Así las cosas, es deber de las autoridades empezar a tomar medidas y enviar señales claras con el fin de que el bache sea temporal, más aún cuando en el entorno global se ve una ligera mejoría.
Dentro de las cosas por hacer hay que comenzar por la apreciación del peso que vuelve a ser un dolor de cabeza mayúsculo por su impacto para ciertos ramos.
No es necesario ser un experto para darse cuenta que un alza del 4 por ciento en el salario mínimo, combinada con una revaluación del 3 por ciento en la moneda nacional desde diciembre, impacta en la competitividad de ciertos ramos agrícolas o manufactureros.
Aparte de hacer más en el tema, en sus manos el Gobierno tiene la poderosa carta de la inversión pública, que en el 2013 debería llegar a niveles sin precedentes.
El problema es que la ejecución sigue concentrada en el segundo semestre lo cual, combinado con la lentitud en las obras financiadas con regalías, hace que el que debería ser un mecanismo contracíclico, pierda efectividad.
Es indudable que es deber del Ejecutivo mantener el optimismo e infundir tranquilidad.
Pero también los mensajes deben partir de una base de realismo.
Y eso no se logra diciendo que aquí no está pasando nada, sino que frente al viento en contra, hay capacidad de reacción y explicar en qué consiste y qué elementos tiene. Por ahí comienzan las tareas del nuevo año.
Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co