Llegó el 18 de diciembre, fecha de la entrada en vigencia del nuevo modelo de aseo en Bogotá, y la capital sufrió traumatismos en el servicio.
En varios sectores de la ciudad, los residuos se acumularon durante la jornada y muchos usuarios expresaron sus molestias en medios de comunicación y por las redes sociales.
En respuesta, el alcalde Gustavo Petro culpó a los operadores privados de haber dejado de recoger los desechos, mientras que las empresas afirman que cumplieron la hora límite de medianoche para llegar al relleno de Doña Juana o de lo contrario no habrían tenido en dónde depositar su carga.
A pesar de ese cruce de argumentos, las críticas no se hicieron esperar.
Más allá de quién respondía por las bolsas de basura desperdigadas por las calles capitalinas en la mañana de ayer, lo cierto es que la administración distrital tuvo meses para preparar un empalme tranquilo entre los dos esquemas de recolección.
Que no haya sido capaz de organizar una transición eficaz con tanta antelación refleja una inaceptable falta de planeación y constituye un mal augurio para el futuro.
Asimismo, resalta una característica cada vez más protuberante en el estilo de gobierno de Petro: una brecha entre el discurso ambicioso y la mediocre ejecución.
En el ‘día D’ de la Alcaldía muchas cosas quedaron por hacer. En primer lugar, el Distrito no logró construir una empresa pública como eje principal del nuevo modelo de aseo.
Como se ha informado en días recientes, al acercarse la fecha límite, el acueducto bogotano se vio obligado a firmar contratos con operadores actuales como Ciudad Limpia, quienes tienen la capacidad técnica y la experiencia.
Esos mismos empresarios a los que el alcalde Petro había tildado de “mafiosos” y acusado de explotar a los ciudadanos, resultaron aliados valiosos de un momento a otro.
Al escribir estas líneas, la administración distrital seguía buscando negociar con los otros operadores mientras una parte de las 7.000 toneladas de desechos diarios de la ciudad eran recogidas por volquetas.
Al no haber conseguido los camiones compactadores a tiempo, las imágenes de operarios de aseo lanzando bolsas al aire son un verdadero regreso al pasado. Lo anterior, sin tener en cuenta que ese tipo de recolección no solo es ineficiente, sino que deja un peligroso reguero de residuos sólidos y líquidos.
Eso para no hablar de la eficiencia del proceso. Si recoger las basuras es hoy más complicado que ayer, dada la capacidad limitada de las volquetas -que serán una alternativa obligada mientras no lleguen los nuevos camiones- estas requerirán un número mayor de viajes al relleno.
En resumen, más tiempo, más combustible, más desgaste y más desplazamientos para limpiar la misma cantidad de desechos.
Un tercer aspecto es el reciclaje. Por varios meses el alcalde Petro justificó su ‘guerra por las basuras’ con el argumento de que debía mejorar el bienestar de los recicladores para así atender el cumplimiento de un fallo de la Corte Constitucional.
Aunque nadie está en contra de la necesidad de un manejo más ambiental de los residuos de Bogotá, el 18 de diciembre llegó y el plan operativo y pedagógico de reciclaje no está aún en marcha.
De hecho, el burgomaestre, en el decreto que delinea el nuevo modelo de recolección, “ordena” la disposición como si este cambio de hábitos ciudadanos no requiriera una campaña educativa y audaces propuestas pedagógicas.
Nada de lo que ha sucedido hasta ahora -es justo aclarar- tiene carácter irreversible.
Es posible que con el paso de los días, el Palacio Liévano pueda gerenciar bien el modelo que empezó a regir ayer. Conseguirlo requerirá más empeño y agilidad en un tema en el cual la paciencia de la gente tiene límite.
Pero el comienzo con el pie izquierdo lesiona la confianza en la Alcaldía. Ojalá su titular entienda que debe enmendar la plana para que el esfuerzo hecho no se vaya a la basura.
Ricardo Ávila Pinto