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Bonanza en entredicho

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Hasta hace un tiempo, todo parecía claro. Según los expertos en temas energéticos, los precios de los hidrocarburos estaban destinados a subir por cuenta del agotamiento de las fuentes tradicionales y por el aumento previsto en la demanda mundial, fruto del auge de las economías emergentes.
Bajo ese punto de vista, el porvenir apuntaba a cotizaciones al alza, en beneficio de aquellas naciones ricas en depósitos de crudo o carbón.
Ante esa perspectiva, sonaba apenas lógico buscar fuentes alternativas de electricidad como la eólica, la hidráulica o la geotérmica, así el accidente de la central de Fukushima en Japón hace casi dos años le hubiera puesto un signo de interrogación a la nuclear.
También era procedente invertir en el desarrollo de plantas de etanol o biodiesel.
Pero las cosas han cambiado.
Mientras los analistas advertían sobre la inminencia de un barril de petróleo a 150 o 200 dólares, en Estados Unidos los geólogos estaban en otra cosa.
Primero de forma experimental y después de manera incremental, las compañías encargadas de sacar el gas del subsuelo popularizaron una técnica conocida como “fraccionamiento hidráulico”.
Esta consiste en liberar el gas que está atrapado entre las formaciones de esquisto o rocas que se dividen en hojas mediante el uso de inyecciones de agua.
En la medida en que la técnica se ha ido perfeccionando, la producción ha aumentado exponencialmente.
Tanto, que en el transcurso de cinco años el precio del gas natural en territorio norteamericano ha caído a menos de una tercera parte, ocasionando cambios fundamentales en lo que se conoce como la balanza energética.
Debido a ello, las plantas que generaban energía con base en carbón están cambiando de fuente, porque les resulta más barato.
Lo sucedido es de tal magnitud que hay quienes hablan de un resurgimiento industrial en la economía estadounidense por cuenta de lo sucedido, pues el autoabastecimiento está garantizado durante décadas.
Y para completar la revolución, han empezado a aumentar los proyectos que usan el fraccionamiento para extraer petróleo.
Si el nivel de éxito es el mismo, el crudo bombeado por este método podría oscilar entre 5 y 15 millones de barriles diarios en el 2020, según el Consejo Nacional de Inteligencia.
En caso de que dicho escenario se vuelva realidad -así sea parcialmente-, el impacto sería inmenso.
Basta tener en cuenta que el consumo mundial de petróleo es inferior a los 90 millones de barriles diarios para darse cuenta de que los precios podrían caer sustancialmente, por razones de oferta.
No obstante, para que eso suceda, deben solucionarse una serie de incógnitas de tipo ambiental, pues la nueva técnica puede llevar a la contaminación de las fuentes de agua subterráneas.
Otros advierten sobre un aumento en la sismicidad en ciertas zonas. La ocurrencia de temblores, por ejemplo, llevó a las autoridades de Gran Bretaña a suspender proyectos hace unos meses.
Pero si tales temores no se concretan, la realidad energética de la próxima década puede ser muy diferente de lo que se preveía. En tal sentido, Colombia debería estar atenta, no solo porque el petróleo representa la mitad de sus exportaciones y el carbón un 13 por ciento adicional, sino porque la propia estabilidad fiscal del país depende de los dividendos e impuestos de renta que paga Ecopetrol, para no hablar de las demás empresas del sector.
Tampoco se puede desconocer el impacto potencial en la inversión extranjera o en el pago de regalías.
Suena descabellado todavía decir que la locomotora mineroenergética puede encontrar semejantes obstáculos en la vía, pero es mejor tener conciencia de lo que pasa en otras latitudes.
Al mismo tiempo, Colombia quiere transitar la vía de las técnicas no convencionales, como quedó en claro en la más reciente ronda de adjudicación de bloques de exploración.
Sin embargo, el mensaje es que lo que parecía seguro ya no lo es tanto y que la probabilidad de que la bonanza dure menos de lo que se creía, ha crecido.
Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
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