La buena noticia es que el peor escenario no tuvo lugar. La mala es que las cosas siguen difíciles. Así, en pocas palabras, podría resumirse lo dicho por el Fondo Monetario Internacional ayer, cuando dio a conocer la más reciente actualización de las proyecciones que hace sobre la marcha de la economía global.
Según el organismo multilateral con sede en Washington, el Producto Interno Bruto mundial apenas tendrá un crecimiento del 3,5 por ciento este año, escasamente por encima del 3,2 por ciento del 2012.
La causa primordial de esa situación radica en que las naciones más ricas continúan en problemas y actúan como un lastre para todo el planeta.
El caso más crítico, otra vez, es el de Europa, que apunta a una nueva contracción del 0,2 por ciento, debido al pobre desempeño de los países de la zona del Mediterráneo. Grecia, Portugal, España e Italia se aprestan para otra tanda de meses duros, en los cuales el recorte de beneficios sociales y el elevado desempleo serán la norma y no la excepción.
A pesar de esa perspectiva, el FMI reconoce que los peligros más graves se ven más lejanos. Tal como ha quedado claro en la reunión del Foro Económico Mundial en Davos, son pocos quienes ahora vaticinan el fin del euro como moneda comunitaria, ante el apoyo que les ha dado el Banco Central Europeo a sus socios en dificultades. Adicionalmente, los márgenes de riesgo de la deuda emitida en Madrid o Roma han disminuido sensiblemente, mientras que la posibilidad de una debacle bancaria ha bajado.
Aun así, la cuesta que tiene por delante el Viejo Continente es empinada. No solo los gobiernos tienen que aguantar el chaparrón que tiene como fuente la depresión en la actividad económica, sino que además hay que recortar los diferentes déficits fiscales.
Como si eso fuera poco, los líderes europeos deben preservar su cohesión y seguir por la senda de las reformas, incluyendo la de una mayor supervisión a las actividades bancarias.
Mientras eso ocurre al otro lado del Atlántico, en esta parte del mundo las cosas van un poco mejor, pero no lo suficiente.
Estados Unidos ha registrado una tímida recuperación que se ha notado en las cifras de desocupación.
De primera importancia es el aire que ha recibido el sector de la finca raíz que por fin da señales de vida al cabo de casi cinco años de tropiezos.
No obstante, la polarización política es un gran signo de interrogación, ante la necesidad de que el Congreso llegue a acuerdos de largo plazo para disminuir el abultado saldo en rojo de las finanzas públicas.
Por ahora se pudo evitar el abismo fiscal gracias a la fórmula aprobada a comienzos de enero.
A su vez, el temor a que no suba el techo de la deuda federal quedaría aplazado hasta mayo, tras lo que sucedió ayer en el Capitolio norteamericano, pero la tarea de fondo sigue sin hacerse.
En medio de esos interrogantes, América Latina no las tiene todas consigo. Es cierto que la mayoría de las economías de la zona avanza, pero ahora lo hacen a una velocidad mucho menor.
Debido a ello, y dentro del grupo de países emergentes, la segunda región que más rápido va en el planeta, después del 7,1 por ciento proyectado para Asia en el 2013, es el África subsahariana, con 5,8 por ciento.
En cambio, en nuestro caso el cálculo asciende apenas a un tímido 3,6 por ciento.
Parte de ese comportamiento está relacionado con los mediocres resultados de Brasil y lo que se espera de México. Lamentablemente, también es claro que la dependencia de las materias primas -cuyas cotizaciones tienden ligeramente a la baja- tiene un notorio impacto negativo en buena parte de Latinoamérica.
Es de esperar, entonces, que ese campanazo sirva de acicate para que los diferentes gobiernos impulsen con más ahínco la transformación competitiva y el desarrollo de una amplia base productiva, a ver si volvemos a la vanguardia en el crecimiento global.
Ricardo Ávila Pinto