Hay ciertos ejercicios que es necesario hacer de vez en cuando y que van más allá de las preocupaciones del día a día o del próximo año.
En esa categoría se enmarca la reunión de la conferencia regional sobre población y desarrollo que comenzó ayer en Uruguay, y que tiene como meta darle una mirada a los problemas de América Latina y el Caribe después del 2014 y hasta mediados del próximo siglo.
Y es que a pesar de que a veces se cree que las cosas siguen más o menos igual en esta parte del mundo, una mirada a la evolución reciente de la treintena de países que conforman el área, muestra que se vienen grandes cambios.
Una de las razones es que en tiempos recientes la economía ha evolucionado bien.
Por cuenta de las mayores tasas de crecimiento y el menor desempleo, la pobreza ha disminuido y la clase media representa ya más de la mitad de la población.
Pero los mayores niveles de bienestar van a venir acompañados de variaciones profundas, sobre todo en el campo demográfico.
Tanto la reducción en los niveles de mortalidad como la baja en la fecundidad se sienten cada vez con más fuerza, algo que es respaldado por los números.
Por ejemplo, mientras en el periodo comprendido entre 1950 y 2013 el número de latinoamericanos más que se triplicó, al pasar de 167 a casi 610 millones de personas, hacia adelante las cosas serán muy diferentes.
Según proyecciones de la Cepal, para el 2025 la población ascenderá a 679 millones de ciudadanos, 11 por ciento más que ahora.
Y en los cinco lustros siguientes, el incremento será similar hasta alcanzar los 751 millones de seres.
Sin embargo, los pronósticos estadísticos indican que a partir del 2057 las tasas de crecimiento pasarían a ser negativas, un fenómeno que ya se ve en Japón o Europa, y tiene que ver con la caída en el número de hijos por mujer.
Debido a esa situación, mientras que el peso de los menores de 15 años va a descender significativamente –del 40 por ciento del total a 28 por ciento ahora, y 15 por ciento al final del siglo–, la de los mayores de 60 va subir sin parar, del 11 por ciento actual al 35 por ciento en el 2100. Para decirlo en forma coloquial, vamos a pasar de ser una región joven a una madura, a lo largo de pocas generaciones.
Adicionalmente, los países latinoamericanos tienen que ser conscientes de que durante un breve lapso son recipientes de lo que se conoce como el ‘bono demográfico’. Esta es la expresión con la que se conoce el hecho de que la mayoría de la población está en una edad productiva, frente a niños y personas mayores, algo que permite la acumulación acelerada de riqueza.
Aunque esa es una gran ventaja, no durará para siempre. Por lo tanto, el reto es aprovechar esa ventana que se ha abierto, al tiempo que los diferentes países -incluyendo a Colombia- empiezan a pensar cómo prepararse para el envejecimiento paulatino de su ciudadanía.
Ello implica construir sistemas de seguridad social que sean sostenibles tanto en salud, como en pensiones, pues la proporción de quienes soportan a los que se enferman o se retiran, va a empezar a disminuir cada vez más pronto.
Aparte de esa asignatura, hay otra que es clave. Esta tiene que ver con la distribución del ingreso, que sigue siendo un tema por resolver.
De tal manera, se calcula que el 20 por ciento más rico de los latinoamericanos recibe un ingreso promedio que es 17 veces más grande que el del 20 por ciento más pobre, mientras que en el caso colombiano dicha proporción llega a 25 veces.
Así las cosas, y aunque suene a lugar común, hay que pensar en el futuro, pues las nuevas realidades impactarán eventualmente tanto a los gobiernos como al sector privado.
De lo contrario, reaccionaremos mal y a última hora a realidades inevitables que, vistas con el prisma de la historia, llegarán más temprano que tarde.
Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
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