Los dos mil asistentes al Congreso Nacional de Infraestructura, que a partir de hoy comienza su cita anual en Cartagena –un número pocas veces visto en este tipo de eventos–, confirman el creciente interés que despierta un tema fundamental, tanto en el sector privado como en el público y en la academia.
Las causas de la atención en aumento son varias, sin desconocer el gran poder de convocatoria de un gremio que ha alcanzado una visibilidad notable en un tiempo relativamente corto.
Para comenzar, es indudable que hay un gran esfuerzo presupuestal en marcha, que consiste en triplicar los fondos destinados a carreteras, puertos, ferrocarriles, vías fluviales y aeropuertos. En términos globales, se trata de triplicar el gasto en este campo para llevarlo de menos del 1 por ciento a cerca del 3 por ciento del Producto Interno Bruto al año, lo que equivale a cerca de 19 billones de pesos actuales.
Parte de esa suma vendrá de fondos públicos, pero también despiertan un gran entusiasmo las asociaciones público-privadas que llevan menos de un año de existencia en el marco legal y ya han dado lugar a una verdadera avalancha de propuestas empresariales de todo tipo.
En el Ministerio de Transporte han sido radicadas una docena y media de iniciativas, sin contar las que se estudian a nivel local y están relacionadas con el desarrollo urbano.
Inversiones posibles de 10.000 millones de dólares o más por año despiertan no solo la atención de los proveedores de insumos locales y extranjeros, sino de las firmas de ingeniería colombianas y, claro está, de las foráneas.
Por ejemplo, la crisis de Europa ha llevado a decenas de compañías constructoras a cruzar el Atlántico en busca de negocios, aunque también han arribado al país sociedades asiáticas o latinoamericanas.
Todos quieren una porción de una torta cuantiosa, que tiene como objetivo central cerrar la inmensa brecha que existe en esta materia. Basta recordar que en el más reciente informe del Foro Económico Mundial, Colombia ocupó el puesto 108 entre 144 naciones analizadas por la calidad de su infraestructura.
Por lo tanto, el encuentro en la capital de Bolívar debe servir para hacer una revisión de las propuestas gubernamentales y de los avances frente a los cronogramas fijados.
Al respecto, una primera mirada a lo hecho indica que si bien han tenido lugar mejoras institucionales indispensables y que en múltiples frentes se ha podido recorrer un trecho, la velocidad de ejecución sigue estando por debajo de lo planeado.
De acuerdo con el reciente Informe Nacional de Competitividad, de los 1.900 kilómetros que la actual administración se propuso construir, a mediados del presente año apenas se había completado el 20 por ciento.
A su vez, en dobles calzadas el avance era del 15 por ciento, en dragado de puertos del 20 por ciento y en lo que hace a la adecuación del río Magdalena, del 25 por ciento.
Si se tiene en cuenta que queda menos de la mitad del periodo de Juan Manuel Santos, será necesario hacer un esfuerzo descomunal para volver realidad las promesas en agosto del 2014.
En respuesta, los conocedores insisten en que ahora las cosas se hacen con mejor letra que antes y que eso toma tiempo.
Además, de la época de Uribe quedaron entuertos que fue necesario desenredar, algunos de los cuales no han sido aclarados por completo.
Y también están los imprevistos, como la discusión en torno a la primera fase de la ruta del Sol que sigue sin definirse, pues mientras el consorcio que obtuvo la licitación insiste en construir un túnel entre Villeta y Guaduas, el Ministerio señala que hay que cumplir con el contrato firmado.
A todo lo anterior, hay que agregarle la necesidad de disminuir el antagonismo entre constructores y entes estatales.
También hay que trabajar para disminuir los costos logísticos, mejorando no solo las vías, sino procedimientos y controles administrativos. Por tal motivo, se dice que el camino es largo. Ojalá sea menos culebrero.
Ricardo Ávila Pinto