La aparición reciente de un trabajo conocido como el Barómetro Global de Felicidad y Esperanza en la Economía Win-Gallup, en el que Colombia ocupó el primer lugar entre 54 naciones analizadas, ha vuelto a poner sobre la mesa la validez de ciertas mediciones que no siguen criterios objetivos.
En el estudio mencionado, los puestos más altos de la tabla no le corresponden a la nación con el ingreso por habitante más grande (Luxemburgo), la esperanza de vida más elevada (Japón) o la mayor escolaridad (Canadá).
En cambio, hay una mezcla de ricos y pobres, de grandes y chicos, que dejan en claro que no hay una fórmula definida para declararse contentos.
No es la primera vez que el país llega a este tipo de ranking.
En repetidas oportunidades, e independientemente de la entidad que haga el análisis, conseguimos posiciones de privilegio. Dicho de otra manera, que Colombia se considere uno de los sitios más felices del mundo es algo que ya sorprende poco, a pesar de que la evidencia haría pensar lo contrario.
Al fin de cuentas, alcanzamos índices de violencia que se ubican dentro de los más altos del planeta, para no hablar de los conocidos temas de elevada pobreza y desigualdad.
Sin embargo, vale la pena tener en cuenta que lo que se hace en estos análisis surge de la sumatoria de percepciones individuales. En lo que hace a Win-Gallup en los sondeos, se aplicó la pregunta: “¿Cómo usted ve las cosas, en lo personal? ¿se siente feliz, infeliz o ni feliz ni infeliz con respecto a su vida?”.
Dicho de otra forma, no se trató de calificar el entorno o la realidad nacional y colectiva, sino la de cada uno.
Es en ese punto que radica la explicación sobre las respuestas obtenidas. Todo indica que los colombianos registran un alto nivel de satisfacción con su situación, que resulta de varios factores. Para comenzar, hay evidencias de que el bienestar general de la población ha crecido, algo que se nota en la posesión de bienes materiales como vestuario o electrodomésticos, al igual que en el acceso a la educación o la salud.
Sin desconocer el gran terreno que queda por recorrer, se presenta una impresión de mejoría frente al pasado cercano.
Por otra parte, existen elementos culturales que tienen peso. En lo que hace a América Latina, por ejemplo, los países de la cuenca del Caribe -incluyendo a México- normalmente salen mejor calificados en las clasificaciones de felicidad, que los del Cono Sur, como Chile o Argentina. Esa influencia es tan alta, que la región ocupa de forma persistente los puestos de vanguardia en las muestras que se hacen a nivel global.
Pero la actitud de ver la vida un poco más de color rosa desde esta parte del planeta no demerita la utilidad de los estudios sobre el bienestar. De hecho, en años recientes han crecido las corrientes académicas que insisten en que mediciones como el Producto Interno Bruto o el Índice de Desarrollo Humano que elabora las Naciones Unidas son parámetros muy estrechos para medir la realidad de una sociedad específica.
Por cuenta de ese debate, un vecino del Himalaya, el reino de Bután, ha incluido el concepto dentro de sus políticas de Gobierno.
Al respecto, especialistas como Eduardo Lora insisten en que la felicidad no es un concepto absoluto, sino relativo.
En tal sentido, la satisfacción que puede tener una persona se encuentra vinculada al aumento de las expectativas y las aspiraciones, algo que ocurre en momentos de auge y que puede llevar a calificaciones negativas si existe un abismo muy grande entre las promesas hechas y los resultados que obtiene cada individuo.
En otras palabras, a pesar de que el ingreso de una sociedad crezca y el empleo mejore, no necesariamente lo hará la percepción de felicidad de cada persona, si cree que a otros les va mejor en la fiesta. Ahora que Colombia quiere encaminarse por una senda de mayor dinámica económica, ese es un pensamiento que vale la pena tener en cuenta.
Ricardo Ávila Pinto