El sello de la campaña para las elecciones a la Alcaldía de Bogotá, es la incertidumbre. Nunca antes, desde que en 1988 se instauró la elección popular de los mandatarios locales, a tres semanas de las votaciones había habido tan poca claridad.
No sólo ninguno de los candidatos se acerca siquiera al 30 por ciento de la intención de voto en encuesta alguna, sino que además, los indecisos, sumados a los que se inclinan a votar por candidatos que no tienen ya opción, rondan un tercio de los que se declaran determinados para ir a las urnas.
Como es predecible que muchos de esos electores al final adopten la teoría del voto útil y se decidan por alguno de los líderes que encabezan los sondeos, no es exagerado decir que más de una proporción importantes de los ciudadanos capitalinos, no ha definido todavía por quién sufragará.
La más reciente jugada de la campaña, el acuerdo entre Gina Parody y Antanas Mockus que llevó al retiro de este para apoyar a la ex senadora, aportó algo de claridad, pero no suficiente.
Con un contendor más o menos fuerte como el ex alcalde fuera de la baraja, Parody consiguió subir de modo significativo, pero insuficiente para asumir el liderato. A la vez, Gustavo Petro, quien en algunas encuestas parecía listo a escaparse, se frenó o incluso bajó.
En cuanto a Enrique Peñalosa, primero o segundo según diversos muestreos, se mantiene e incluso ha crecido un par de puntos. Cualquiera de ellos tres puede ser el próximo alcalde de Bogotá. Y eso, a menos de veinte días de la votación.
No es un caso excepcional. De hecho, la incertidumbre es predicable de las campañas en otras ciudades y departamentos.
En Medellín, hay un cabeza a cabeza entre Luis Pérez y Aníbal Gaviria, apretado pulso que ha degenerado en una carrera sucia donde abundan las acusaciones de nexos de los aspirantes con grupos ilegales y donde el gran sacrificado ha sido el debate programático.
En Cali, aunque Rodrigo Guerrero ha tomado ventaja, su intención de voto aún es inferior al 30 por ciento, similar al margen de indecisos. En el departamento del Atlántico también hay un cabeza a cabeza entre el liberal José Antonio Segebre, y el candidato de La U, Jaime Amín.
Hace pocas semanas, este último llevaba una ventaja amplia, aunque con alto porcentaje de indecisos. Ahora Segebre parece habérsele acercado –en algunas encuestas lo rebasó– y el efecto también ha sido el de ensuciar la campaña.
Pocos escenarios están despejados. Uno es Barranquilla, donde Elsa Noguera, representante de la continuidad a la alabada gestión de Alejandro Char, cuenta con entre el 50 y el 60 por ciento de la intención de voto, cuatro o cinco veces por encima de su principal contendor.
El otro es Cartagena: el locutor Campo Elías Terán también goza de amplia ventaja, aunque con la incertidumbre sobre si, a pesar de su alta popularidad, tiene conocimientos suficientes para gobernar a esa emproblemada ciudad, pues carece de experiencia administrativa.
Lo que desde ya se puede anticipar es que, al día siguiente de las elecciones del 30 de octubre, nadie va a poder cobrar un triunfo de alcance nacional. Al partido de La U le va a ir bien en unas regiones y mal en otras. Lo mismo al liberalismo y a los conservadores.
En cuanto al Polo y a Cambio Radical, no van a poder cobrar casi ninguna victoria. Si Peñalosa gana en Bogotá, el ex presidente Álvaro Uribe va a poder decir que su apoyo entusiasta tuvo que ver con el triunfo, pero aún así estará opacado con la segura derrota de sus candidatos en Medellín y Antioquia, su propia tierra.
De modo que, en medio de tanta incertidumbre, lo único seguro es que las elecciones locales y regionales en nada van a aclarar el panorama político nacional. Ojalá en cambio si sirvan para elegir buenos alcaldes y gobernadores. Por ahora, lamentablemente, la confusión no ha contribuido a que haya debates programáticos de altura, lo cual abre interrogantes hacia el futuro.