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Las estrellas del sur

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Hace una semana, en México, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) presentó el más reciente informe elaborado por la entidad. Con el desafiante título de ‘El ascenso del sur’, el reporte hace un completo análisis del impresionante cambio que ha tenido el planeta en las pasadas dos décadas, por cuenta del auge de las economías emergentes.
Y es que en ese lapso, el aporte al Producto Interno Bruto global de los llamados países en desarrollo pasó de representar una tercera parte a la mitad. Para hablar con nombre propio, la suma de los bienes y servicios generados por Argentina, Brasil, China, India, Indonesia, México, Suráfrica y Turquía, equivale ahora a la de Estados Unidos. En el 2005, ese peso conjunto apenas llegaba a la mitad.
Semejante transformación ha traído consigo una mejora sensible en la calidad de vida. Así lo demuestra el comportamiento del Índice de Desarrollo Humano, que se construye con base en tres dimensiones: longevidad, acceso a la educación y control sobre ciertos recursos como el nivel de ingreso. Y es que de 132 naciones medidas en 1990, el año pasado apenas dos mostraron algún retroceso.
Para ponerlo en términos coloquiales, nunca antes la humanidad había vivido tanto tiempo, estudiado tantos años o ganado más. Es cierto que detrás de ese calificativo hay inmensas disparidades y que más de mil millones de personas viven con menos de 1,25 dólares al día. Pero a pesar de esa realidad, también es verdad que la pobreza en el planeta se ha reducido a la mitad en comparación con la proporción que tenía al comenzar el siglo.
Además, de continuar las tendencias vistas hasta ahora, lo que viene es toda una revolución. Por ejemplo, la participación del Sur en la clase media mundial pasó del 26 al 58 por ciento en los pasados 20 años, pero para el 2030 dicho peso debería llegar al 80 por ciento. Otro estimativo afirma que para el 2025 el consumo anual de las economías emergentes llegará a 300 billones de dólares de hoy, dos veces y media más que el correspondiente al 2010. Por cuenta de esa situación, tanto los patrones de inversión como de comercio reflejarán de manera creciente la nueva realidad.
A pesar de las buenas perspectivas, hay que tener en claro que lo que viene no es un camino tapizado de rosas. Entre lo que dice el PNUD, hay elementos que serán determinantes para que los avances vistos hasta ahora sigan su marcha.
Uno de ellos es trabajar para que mejore la equidad, tanto en materia de ingresos como de géneros o grupos étnicos. Otro tiene que ver con el manejo de los desafíos ambientales, que pueden venir acompañados de trastornos inmensos atribuibles al calentamiento global. No menos despreciable es el cambio demográfico, pues el envejecimiento de la población parece inexorable, lo cual afectará la productividad, al igual que les pondrá presión a los sistemas de seguridad social.
En medio de ese escenario, Colombia va relativamente bien. Cuando se toma una muestra de los 40 países que más mejoraron desde 1990 se encuentra que 16 de Latinoamérica están en ese grupo, incluyendo este. En cifras precisas, el índice en ese momento era de 0,56 (de un máximo teórico de 1) y el del 2012 llegó a 0,72.
No obstante, no todo son buenas noticias. A pesar de estar dentro de las 30 economías más grandes del mundo y ocupar un puesto similar en población, en lo que hace al IDH estamos en el lugar 91. Como si eso fuera poco, mientras otros países de la región han subido en la clasificación, nosotros seguimos estancados.
Las comparaciones son odiosas, pero en el área apenas superamos a naciones como El Salvador, Bolivia, Paraguay, Honduras, Nicaragua o Haití. Por tal razón, no podemos dormirnos en los laureles conseguidos, cuando todavía nos falta tanto y mientras hay otros que hacen las cosas mejor.
Ricardo Ávila Pinto / ricavi@portafolio.co
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